"Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo. Uno
es Dios, el Padre de todos, que está por encima
de todos, que actúa por todos y está en todos"
Carta de san Pablo a los Efesios, 4, 5-6.
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por Isaías A. Rodríguez
Introducción
(Es necesario indicar aquí que la Iglesia
Episcopal es una de las 38 iglesias que integran la
Comunión Anglicana. Para el tema que vamos a tratar,
los términos "episcopal" y "anglicano" son sinónimos,
por lo tanto, lo que se diga de uno vale para el otro).
El Anglicanismo ofrece una imagen
del cristianismo atractiva por la flexibilidad estructural
y teológica, por la comprensión humanitaria, que refleja
la de Jesucristo, por la fidelidad a la Escritura y
a la Tradición, y por la belleza litúrgica. Su gloria
consiste en asumir todos los puntos de vista, al tiempo
que se relaciona el evangelio con la cultura presente.
Esta es la identidad anglicana. Otros hablan
del espíritu anglicano. Según William J. Wolf
"el espíritu del Anglicanismo es bíblico, litúrgico
y pastoral. En su esencia es liberal, acogedor, razonable
y moderado. Enfatiza lo histórico sobre lo teorético,
la moral sobre la alta especulación. Dicho espíritu
recurre a la conciencia y al individuo como responsables
de su salvación. Advierte la presencia y el objetivo
de Dios en el orden natural de las cosas y es consciente
de la responsabilidad ecológica. En el debate apela
incesantemente a la experiencia diaria de la gente.
De temperamento pragmático, valora en gran manera el
sentido común. Es sacramental" (The Spirit of Anglicanism,
p.186). El padre Van de Pol, un teólogo católico romano,
afirma que la característica más distintiva del Anglicanismo
es la moderación porque sabe mantener un equilibrio
moderado entre la intransigencia rigurosa y la flexibilidad
anárquica. Es la actitud que ha quedado definida con
la expresión ya clásica de la vía media.
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Ahora bien, cualquier observador de la Iglesia Anglicana
quedará sorprendido del diminuto número de personas
que de habla castellana se encuentra entre sus filas.
¿Cómo se explica que en una confesión que se presenta
con unas características evangélicas ideales haya tan
pocos hispanos?
Se puede decir que, en general, la Comunión Anglicana
rehusó la labor misionera en toda América Latina por
considerar ese territorio católico romano. La única
excepción fue la isla de las Malvinas o Falkland, colonia
británica. Tan firme era esa decisión que incluso en
el siglo XX, cuando se trazaban los planes para la Conferencia
Misionera Internacional en Edimburgo, la Comunión
Anglicana insistió en que se debía excluir el misionar
en América Latina, puesto que ese territorio pertenecía
a la Iglesia de Roma. Con todo, sin planes misioneros,
la Iglesia de Inglaterra, de una manera u otra, se vio
envuelta en misiones en países latinos, debido, en gran
parte, a las capellanías que el Imperio Británico sembró
por todo el Continente latino.
Con esos antecedentes, damos un gran salto a la última
mitad del siglo XX, y observamos en este país de Estados
Unidos los siguientes fenómenos: una inmigración creciente
de latinos, sobre todo en el último cuarto del siglo;
una escasez creciente de sacerdotes católico romanos;
miles de latinos que se encuentran como ovejas sin pastor;
algunos de los inmigrantes son ya episcopales - anglicanos
que desean mantener y promover su fe.
Esas premisas obligaron a la Iglesia Episcopal a plantearse
más en serio una cuestión que era a la vez pastoral
y misionera: ¿qué hacer ante una evidente presencia
latina y una dramática escasez de pastores que la atienda?
Así se plantearon las cosas en la Convención General
celebrada en Denver, Colorado, en 1979. La Iglesia decidió
que, en toda conciencia, había que hacer algo por un
pueblo que en muchos casos ya estaba pidiendo atención
y servicio espiritual.
La Iglesia Episcopal nunca, ni en esas fechas ni hoy
en día, ha practicado un proselitismo que Jesús condenó
en el Evangelio. Todo lo contrario, la Iglesia Episcopal
no ha sido lo suficientemente agresiva en la presentación
de su manera de entender la Buena Nueva de Jesucristo;
de haber sido más agresiva, contaría con más miembros.
La principal estrategia usada por nosotros es la buena
acogida, y el rechazo de toda coerción intelectual o
espiritual. Eso es algo que hemos aprendido de Jesucristo,
que nunca forzaba a nadie, pero sí invitaba a que todos
observaran su manera de obrar y de vivir, "vengan y
vean" (Jn 1, 39).
Por todo ello, no deja de sorprendernos la actitud tan
negativa, crítica e injusta que usan algunos sacerdotes
católico romanos, que actúan -sospechamos - movidos
por la ignorancia más que por motivos evangélicos. Por
otra parte, es verdad que no faltan hermanos romanos
que colaboran con nosotros según el mejor espíritu evangélico.
La información que ofrecemos a continuación sólo pretende
ayudar a que, en nuestras mutuas relaciones, se evite
todo roce malintencionado.
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Unidos por el bautismo
Hay sacerdotes romanos que afirman que el bautismo que
los sacerdotes episcopales administran no es válido.
Tal aserción va en contra de la misma teología y enseñanza
católico romana. (Citaremos algunos documentos del Concilio
Vaticano II, celebrado en Roma del 1962 al 1965).
En efecto, la constitución conciliar Lumen gentium
afirma que "cualquiera puede bautizar a los creyentes"
(LG n.17). Más aún, en caso de necesidad, cualquier
persona, incluso no cristiana, puede bautizar derramando
agua sobre el bautizando, usando la fórmula trinitaria
y teniendo intención de hacer lo que hace la Iglesia
(Catecismo de la Iglesia Católica n. 1284, 1271).
Resulta extraño que incluso un ateo pueda bautizar a
alguien al paso que se afirme que un sacerdote episcopal
que bautiza en un contexto cien por cien cristiano,
dentro del servicio eucarístico, y con las mejores intenciones
posibles, no esté administrando un sacramento válido.
Esto es tan ridículo que su misma aserción implica cierta
malicia.
El decreto conciliar sobre el ecumenismo, Unitatis
redintegratio, afirma que la Iglesia de Cristo es
una y única, aunque ya desde el principio se dieran
escisiones (UR n. 3). "Quienes ahora nacen en esas comunidades
cristianas y se nutren con la fe de Cristo no pueden
ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica
los abraza con fraterno respeto y amor. Porque
éstos, que creen en Cristo y recibieron debidamente
el bautismo, están en una cierta comunión con la
Iglesia Católica, aunque no perfecta" (UR n. 3). "Sin
embargo, justificados en el bautismo por la fe, están
incorporados a Cristo y, por tanto, con todo derecho
se honran con el nombre de cristianos, y los hijos de
la Iglesia católica los reconoce, con razón, como hermanos
en el Señor" (UR n. 3). "Las acciones sagradas (de
estos cristianos) de ninguna manera están desprovistas
de sentido y valor en el misterio de la salvación"(UR
n. 3).
"El bautismo, por tanto, constituye un vínculo sacramental
de unidad, vigente entre todos los que por él
se han regenerado" (UR, n. 22). Según esto, "el bautismo
constituye el fundamento de la unidad entre todos
los cristianos, incluyendo aquellos que todavía no se
encuentran en comunión perfecta con la Iglesia Católica"
(Catecismo de la Iglesia Católica n. 1271).
Quiero recalcar algunos elementos indicados en estos
documentos católico-romanos. El bautismo...
· Incorpora a Cristo y convierte en cristiano
a todo bautizado
· Es el vínculo sacramental de la unidad
· El fundamento de la unidad
· Hace que los bautizados todos sean hermanos
en el Señor
· Hace que la Iglesia Católica abrace a todos
con fraterno respeto y amor
Pero hay más. Como prueba evidente de que la Iglesia
Católica reconoce el bautismo de todos los cristianos,
en el documento conciliar sobre la liturgia, Sacrosanctum
Concilium se afirma que "para los que, bautizados
ya válidamente, se convierten a la religión católica,
prepárese un rito nuevo, en el que se manifieste
que son admitidos en la comunión de la Iglesia"
(SC n. 69).
Esto es práctica común y ya establecida. Entre nosotros
sabemos que cuando un sacerdote episcopal decide entrar
en la Iglesia romana no es bautizado, sino admitido,
ya que está válidamente bautizado. ¿Con qué derecho,
pues, algunos sacerdotes romanos confunden a la gente
afirmando que nuestros bautizos no son válidos y vuelven
a bautizar a los niños? Tal actitud es realmente un
pecado de caridad que fomenta la división y enemistad
entre nosotros, nosotros que deberíamos tener un objetivo
común.
Por otra parte, creemos que se trata más de ignorancia
que de maldad. Por ello, no faltan católicos honrados
que con frecuencia recuerden a sus hermanos esta grave
responsabilidad. En la revista católica Rite,
en el número enero/febrero del año 2005, el padre Ron
Oakam, de la Orden Carmelitana, afirma: "El ministro
pastoral tiene que familiarizarse mucho con las enseñanzas
ecuménicas de la Iglesia. Los cristianos bautizados
de otras denominaciones son ya uno con nosotros en el
Señor, al haber sido incorporados a Cristo mediante
el bautismo" (p.13, 2da. columna).
Hablando en Alemania ante cristianos de diferentes confesiones,
el actual papa Benedicto XVI dijo: "La hermandad entre
los cristianos no es simplemente un vago sentimiento,
ni tampoco nace de una forma de indiferencia respecto
a la verdad. Se basa en la realidad sobrenatural de
un único bautismo, que nos inserta en el único
Cuerpo de Cristo" y añadió que "juntos confesamos a
Jesucristo como Dios y Señor; juntos lo reconocemos
como único mediador entre Dios y los hombres" (año 2005).
Iglesia Episcopal - Comunión Anglicana
Si tal es la condición válida para todas las confesiones
cristianas, ¿qué sucederá con la Iglesia Episcopal y
la Comunión Anglicana en general? ¿Tendrá menos derechos
que otras comunidades cristianas o más? Otra vez es
necesario recurrir a documentos católico romanos ya
que estamos tratando de la relación entre ambas iglesias.
El documento sobre el ecumenismo nos puede ayudar: "Entre
aquellas (comuniones) en las que las tradiciones y estructuras
católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa
lugar especial la Comunión Anglicana" (UR n.13).
He aquí que para la Iglesia Católica Romana, la Comunión
Anglicana ocupa un lugar especial. Es decir, si el bautismo
de todas las confesiones cristianas es válido para ellos,
mucho más debería serlo el de la Iglesia Episcopal,
por conservar "tradiciones y estructuras católicas".
Fueron precisamente esas "tradiciones y estructuras
católicas" las que movieron a ambas iglesias
en los años del 1967 al 1968 a trabajar juntas en la
creación de un documento publicado el 3 de enero de
l968 con el título Una visión hacia la unidad.
Esa comisión teológica conocida con el nombre de Comisión
Internacional Católica Romana-Anglicana (Anglican-Roman
Catholic International Commission) o con las siglas
de ARCIC, ha llegado a importantes acuerdos en trabajos
realizados desde 1971 al 2004. Los temas tratados han
sido: la Eucaristía, el ministerio, la autoridad en
la Iglesia, la salvación y la Iglesia, la Iglesia como
comunión y Vida en Cristo, y, finalmente, María, gracia
y esperanza en Cristo. Todos esos trabajos han descubierto
que una posible unificación, basados en la doctrina
tradicional, no es imposible, aunque posteriormente
hayan surgido "nuevas y serias dificultades en el camino
hacia la unidad", según el lado romano.
(Recientemente se ha instituido la Comisión conjunta
para la unidad y la misión IARCCUM). El papa Juan Pablo
II -tan conservador- al recibir al arzobispo de Cantórbery
en l982 declaró que era "el lazo de nuestro común bautismo
en Cristo" el que movió a sus predecesores a iniciar,
con esas comisiones internacionales, el diálogo entre
ambas iglesias.
El papa y el arzobispo de Cantórbery
Ya antes del Concilio Vaticano II, el arzobispo Geoffrey
Fisher había iniciado los cuatro encuentros que entre
Papas y Primados de Inglaterra, desde entonces, han
tenido lugar. En el discurso del papa Juan Pablo II
durante la visita de su gracia el arzobispo Rowan Williams,
afirmó que: "Esos encuentros han tratado de renovar
los vínculos entre la Sede de Cantórbery y la Sede apostólica,
que tienen sus orígenes en el envío, por parte del papa
Gregorio Magno, de san Agustín, el primer arzobispo
de Cantórbery, a los reinos anglosajones a finales del
siglo VI. En nuestros días, esos encuentros también
han dado expresión a nuestra anticipación de la comunión
plena que el Espíritu Santo desea para nosotros y nos
pide".
He aquí otro punto muy importante a considerar, ya que
no faltan quienes todavía se empeñan en afirmar que
la Iglesia de Inglaterra tiene su origen en el rey Enrique
VIII. Esta es toda una distorsión de la historia, pues
ese rey cuenta con el título de Defensor de la fe, otorgado
por el mismo Papa. La Comunión Anglicana tiene su origen
en Jesucristo y no en un rey que se empeñó en defender
la fe católica, pero que al mismo tiempo fue un déspota.
Actitud, por otra parte, muy común en todo el orbe cristiano
de aquél entonces, incluido el católico romano.
Tenemos que afirmar que en el siglo XVI se dio una ruptura
entre Inglaterra y Roma, en primer lugar, de carácter
político, luego una división eclesial, una reforma litúrgica,
pastoral -y en algunos puntos doctrinal-, pero no la
fundación de una nueva iglesia. De hecho, la historia
ha confirmado que muchas de las reformas litúrgicas
iniciadas por la Iglesia de Inglaterra, habrían de esperar
casi quinientos años para que la Iglesia de Roma las
aceptara e implantara.
En el siglo XVI la Iglesia de Inglaterra insistió en
mantenerse católica. Así lo afirmó la reina Isabel al
archiduque Fernando, hermano del emperador Carlos V
y representante suyo en Alemania: "Nos y nuestros súbditos,
alabado sea Dios, no seguimos ninguna religión nueva
o extranjera, sino aquella que Cristo manda, que la
iglesia primitiva e iglesia católica afirman, la cual
los santos Padres aprueban unánimemente". El catolicismo
queda patente precisamente en esas "tradiciones y estructuras
católicas" que menciona el Concilio, y que hacen que
ambas iglesias tengan su origen y tradición en Jesucristo
y sus seguidores.
Actitud abierta
Hoy día, las diferencias que tenemos no debieran ser
punto ni de separación ni de discordia. La cerrazón
de mentes fue el peor de todos los males que azotó al
cristianismo en el siglo XVI. Tuvieron que pasar cuatro
siglos para constatar, que lo que nos divide tal vez
no sea insuperable.
Fue, precisamente el papa Benedicto XVI quien, el 19
de agosto de 2005, declaró en Colonia, ante treinta
representantes no católicos que "aunque la iglesia crea
que la unidad ya subsiste en la Iglesia católica, eso
no significa que una eventual comunión haya de implicar
uniformidad en teología, liturgia y disciplina. El modelo
debe ser ´unidad en la multiplicidad y multiplicidad
en la unidad´" (Revista América, sept. 12, 2005).
Si este Papa, que antes -como cardenal Ratzinger- fue
el bastión del conservadurismo, puede hoy día hacer
tal afirmación, sin duda alguna hay esperanzas de una
posible solución y salida a la presente situación.
Antes de adoptar una actitud negativa, de crítica, rechazo
y condenación el documento conciliar sobre el ecumenismo
invita a:
· "eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes,
según justicia y verdad, a la condición de los hermanos
separados, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles
las mutuas relacione con ellos" (n. 4).
· "Es necesario que los católicos, con gozo, reconozcan
y aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos
que, procedentes del patrimonio común, se encuentran
en nuestros hermanos separados" (4).
· "Ni hay que olvidar tampoco que todo lo que obra el
Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados
puede conducir también a nuestra edificación" (n.4).
(Cfr. Mc. 9,38-43,45,47-48).
· "Es preciso que los católicos, debidamente preparados,
adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la
historia de la vida espiritual y cultural, de la psicología
religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos".
(n.9) Y el documento continúa recomendado reuniones
y diálogo por ambos lados. Sobre todo, pide el Concilio
que se dé "una colaboración amplísima en el campo social"
(n. 12).
Es una pena que en la actualidad, después de cinco siglos
de investigaciones en todos los campos del saber, todavía
actuemos como niños ofuscados. Es una pena que todavía
nos conduzcamos fanáticamente en las confesiones cristianas.
Quiere decir esto que cada uno ve en Jesucristo a un
personaje diferente. ¿Dónde queda el Jesús que prefería
amar a condenar, el Jesús que admitía a buenos y malos,
el Jesús que no excluía a judíos ni a samaritanos ni
a romanos ni a griegos ni a sirios, el Jesús que hablaba
en público con mujeres, el Jesús que descubría la falsedad
de los viejos hipócritas que querían apedrear a la mujer
adúltera? Hora es ya de que abracemos todos el espíritu
abierto, generoso, y divino de Jesucristo.
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