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por Isaías A. Rodríguez
La historia de este sacramento se simplifica con frecuencia,
hablando de penitencia "pública" de los tiempos
antiguos, y de penitencia "privada" de los
medievales. Esta distinción no refleja la variedad de
formas que esta práctica revistió hasta la Alta Edad
Media.
Hemos de tener en cuenta dos factores que influían
en la mentalidad de los primeros cristianos: la creencia
de que el final de los tiempos era inminente, y el perfeccionismo
que buscaban, donde no cabía la posibilidad de volver
a pecar. La experiencia les demostró el error en ambos
casos.
Al principio, algunos líderes cristianos siguieron
la práctica de la sinagoga, excluyendo a los pecadores
de la comunidad y readmitiendo a los arrepentidos (Mt
18,15-18; 16,19); otros pensaban que la oración mutua
era suficiente para perdonar los pecados (Sant 5,16),
mientras que otros consideraban que la oración no bastaba
para pecados notorios (1Jn 5,14-17).
La aparición de las doctrinas de Montano y de Novaciano,
que negaban la reconciliación de pecados graves, condujo
al desarrollo de una "institución penitencial".
Era una práctica paralela al catecumenado, en la que
se ofrecía instrucción a quienes no habían recibido
suficiente formación bautismal para superar la tentación
del pecado. La comunidad recibía a los penitentes en
una liturgia de acción de gracias. Superadas las controversias
de aquellos años, la institución penitencial se ofreció
opcionalmente a todos los pecadores arrepentidos. Cuando
éstos daban pruebas de suficiente madurez, eran reconciliados
con el resto de los fieles en una liturgia en la que
el obispo imponía las manos a los penitentes. Sin embargo,
la conversión espiritual quedaba simbolizada en el llorar,
vestirse de saco, cubrirse de ceniza, orar, ayunar y
dar limosna. En pecadores no públicos estos actos penitenciales
eran suficientes para una reconciliación. El único caso
de penitencia "privada" en ese período primitivo
se daba con los moribundos.
A medida que los cristianos, a partir del siglo IV,
fueron perdiendo el fervor y el fin del mundo no llegó,
pocos eran los que voluntariamente entraban en esa "institución
penitencial", y con el tiempo fue considerada como
algo obligatorio. Hacia el siglo VI se había convertido
en una práctica reservada para los moribundos.
Las invasiones de los bárbaros, y la insuficiente evangelización
que se les daba, condujeron a la desaparición de esa
institución penitencial. Del siglo VI al IX, monjes
irlandeses se encargaron de implantar una costumbre
penitencial que cubría y compensaba el desentendimiento
de los obispos ante esa necesidad pastoral. Dichos monjes
difundieron la práctica de confesar privadamente los
pecados, que ahora se veían más como una mancha contraída
contra Dios que una rehabilitación eclesial. A cada
pecado correspondía una satisfacción penitencial que
se podía encontrar en unos libros llamados penitenciales.
(Un opúsculo del siglo XVII enumera 2.753 modos
de pecar, a cada cual correspondería su apropiada penitencia).
Esta nueva praxis penitencial empieza a llamarse "confesión".
La innovación que los monjes (no todos eran sacerdotes)
ofrecían, era conveniente: no había estigma social,
no se daba conocimiento público, no tenía consecuencias
para el resto de la vida, se podía repetir, y ofrecía
al penitente mayor sentido de seguridad, en una época
de miedo y ansiedad.
A medida que la práctica se fue extendiendo durante
los siglos VIII y IX los obispos empezaron a reaccionar
contra ella, porque los monjes estaban introduciendo
una novedad, que iba en contra de los cánones
de la Iglesia e ignoraba la presencia del obispo y su
imposición de manos sobre los penitentes. Se trató de
llegar a un acuerdo, reservando los crímenes notorios
para una penitencia canónica y los demás pecados para
una confesión privada, y enfatizando que la absolución
debía ser impartida por un sacerdote; mas con el andar
del tiempo predominó la costumbre de los monjes.
Esta confesión privada fue una adaptación a una necesidad
pastoral. Con todo, se dieron otras formas de conversión
y reconciliación de índole comunitaria. A partir del
siglo X, al inicio de la Cuaresma, se impone la ceniza
sobre los cristianos en señal de penitencia, y se usan
otros medios penitenciales. También del siglo IX al
XIV con frecuencia se daba la absolución comunitariamente
en la misa.
En el siglo XII, la combinación de confesión y absolución
vino a reemplazar la de confesión y satisfacción, como
factor central para lograr el perdón divino. Pedro Lombardo
y Abelardo (1142) enfatizan la conversión de corazón.
El pecador, si tenía suficiente contrición, estaba ya
perdonado, incluso antes de la confesión. Pero la mayoría
de los teólogos empezaron a insistir en la importancia
de la absolución impartida por el sacerdote. La práctica
primitiva no incorporaba la absolución como parte de
la reconciliación. Los padres del concilio de Trento,
desconociendo la historia, confirmaron una doctrina
desconocida en la Iglesia primitiva. Trento insistió
en la confesión de todos los pecados mortales, en número
y especie, incluyendo circunstancias que modifiquen
la naturaleza de los mismos. Así, la confesión se convierte
en un sacramento instituido, de esta manera, por Cristo,
y exigido para lograr el perdón de Dios por los pecados
graves. Con el tiempo esta confesión se hace mecánica
y trivial. También se la conectó con la doctrina del
purgatorio y de las indulgencias, degenerando a veces
en casos lamentables.
Los Reformadores rechazaron esta confesión, declarando
que había sido una invención del concilio Laterano IV
(1215). Sin embargo, Lutero, durante cierto tiempo,
mantuvo una postura ambivalente, con frecuencia dispuesto
a reconocer la reconciliación como un tercer sacramento
evangélico; ofreció formularios con absoluciones, pero
rechazó los actos de satisfacción. Según él la confesión
privada tampoco podría imponerse a nadie, aunque se
consideraba normal para la comunión; también se permitía
la confesión ante un seglar. Calvino negaba la naturaleza
sacramental de la confesión privada, pero admitía la
absolución como una ceremonia orientada a confirmar
la fe en el perdón de los pecados. Los Reformadores
ingleses proclamaron un evangelio del perdón. Insistieron
en que la gracia divina se ofrecía libremente a todo
pecador arrepentido, y que la confesión había de realizarse
con una confesión general. La absolución sería completa,
gratis, y pronunciada en todo servicio, incluidos la
eucaristía y los oficios divinos.
El Libro de Oración Común de la Iglesia episcopal
ofrece las dos opciones: la reconciliación comunitaria
en el culto y la confesión privada. Ésta no es obligatoria
y normalmente se rige por esta fórmula: "Todos
pueden, algunos debieran, ninguno está obligado".
En la Iglesia católico romana, antes del concilio Vaticano
II (1962-65) y en los años posteriores, se intentó implantar
la práctica comunitaria de la Iglesia primitiva; sin
embargo, el papa Juan Pablo II ha fortalecido la confesión
individual.
En resumen, la práctica de la Iglesia primitiva vio
la conversión individual y el perdón relacionados con
la comunidad de la Iglesia, mientras que la teología
medieval se centró en el perdón de los pecados del individuo.
Modernamente la mayoría de los teólogos está de acuerdo
en que este sacramento debe realizarse en un acto de
adoración, y debe conducir a los convertidos a una misión
de reconciliación eclesial.
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