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Por Isaías A. Rodríguez
Entrar en el sacramento del orden presenta arduas dificultades
a pesar de los estudios excelentes que se han realizado
en la teología moderna. Los expertos no están de acuerdo
sobre cómo surgieron los ministerios en la Iglesia primitiva.
La tendencia moderna es considerar que aparecieron de
varias maneras en diferentes comunidades, aunque no
se conoce ningún rito específico. Sin embargo, hay datos
que apuntan en una dirección constante. Uno de ellos
es la imposición de las manos.
En el siglo II, el episcopado, el presbiterado y la
diaconía emergen por casi todas partes como las formas
más constantes de ministerio. Ignacio de Antioquía enseña
que la unidad cristiana se mantiene en la persona del
obispo, que representa a la paternidad divina en la
comunidad, preside el concilio de los ancianos, y es
asistido por los diáconos. Así, este orden de obispos,
presbíteros y diáconos, es una innovación que obedece
a una necesidad histórica del siglo II.
Tertuliano fue el primero en usar los términos ordinare-ordinatio.
No tienen la connotación que adquirirán más tarde, pero
sirven para indicar una función y autoridad en la Iglesia,
y distinguir a ese grupo del más amplio de los laici
o laicos.
En la Tradición Apostólica Hipólito menciona
que el obispo, el presbítero y el diácono, son ordenados
por el obispo en un rito litúrgico en el que la imposición
de las manos y la oración juegan el papel más importante.
El obispo ha sido escogido por la comunidad, y probablemente
también por los otros ministros. El oficio del obispo
implica primariamente funciones litúrgicas que con el
tiempo pasarán también a los presbíteros.
En la ordenación de obispos se requiere, en algunos
lugares, la aprobación de los obispos vecinos o del
sínodo provincial, manifestando de esta manera interés
por una sucesión apostólica, una unidad y comunión de
las iglesias, así como el realce personal y eclesial
del obispo. Sin embargo, según algunos teólogos modernos,
"sucesión" en los tres primeros siglos no
significa primariamente una secuencia directa de personas,
sino una unidad interior y continuidad de doctrina apostólica
en la Iglesia.
Aunque empieza a surgir un carácter jurídico en la
ordenación, el énfasis todavía es espiritual. Los candidatos
han de demostrar rasgos de santidad, y la ordenación
se hace para la misión de Dios en la autoridad de Jesucristo.
Se va consolidando un rito que consistirá en la imposición
de las manos; en oraciones con una estructura trinitaria;
tendrán una petición del don del Espíritu Santo; y se
relacionarán con las cualidades exigidas del ministro
y de su futuro ejercicio.
Paulatinamente, emerge la convicción de que el liderazgo
ministerial está incluido en formas ministeriales prefiguradas
ya en el AT, y que son un don manifestado de una manera
suprema en Jesucristo. Los ritos de ordenación adquirirán
importancia. Así, mientras en las dos primeras centurias
parece ser que presidía en la liturgia quien era líder
de la comunidad, de ahora en adelante presidirá el que
esté ordenado. El obispado, el presbiterado y el diaconado,
quedarán establecidos como formas ministeriales, hasta
la Reforma cuando empezarán a ser cuestionadas.
Hasta el siglo XII el término sacramento se
entendía en un sentido muy amplio. En muchas listas
no se incluía la ordenación. Cuando en el siglo XIII
Pedro Lombardo empezó a incluirlo entre sus siete sacramentos,
fue generalmente aceptado. El problema ahora era determinar
cuántas órdenes había. Algunos hablaban de ocho o nueve,
pero siete era el número más aceptado. Unas eran órdenes
menores, como acólitos y cantores, y otras mayores:
subdiaconado, diaconado y presbiterado. Del siglo IX
en adelante se exigió que un candidato al sacerdocio
debía pasar por el diaconado, con ello la importancia
del diaconado como orden independiente empezó a disminuir.
Los escolásticos cuestionaron cada vez más la naturaleza
del obispado. Comoquiera que en esta época medieval
el sacerdocio se definiera exclusivamente con relación
a la eucaristía y enfatizaran que la esencia del sacerdocio
consistía en el poder de consagrar el pan y el vino
en el cuerpo y sangre de Cristo, concluían que el obispado
no era una orden sino un honor eclesiástico, con poder
jurisdiccional, pero sin valor sacramental.
Al llegar el siglo XVI los Reformadores plantearon
una serie de preguntas que afectarían a la teología
y prácticas de este sacramento. Se preguntaban: ¿fue
este sacramento instituido por Cristo? ¿Cuáles son las
funciones esenciales de este ministerio y cómo están
relacionadas con el sacerdocio de todos los creyentes?
Rechazaron el orden jerárquico con las siete órdenes,
rechazaron el concepto sacrificial del sacerdocio, y
establecieron un ministerio de la palabra y los sacramentos.
Algunos mantuvieron el oficio del obispado o superintendente,
pero no lo consideraron como una orden separada que
naciera en los tiempos apostólicos. El diaconado se
convirtió en un servicio a los pobres. Tampoco aceptaron
que la ordenación confiriera gracia o carácter. Sin
embargo, algunos continuaron considerándolo como un
sacramento instituido por Cristo.
Los Reformadores conservaron los siguientes elementos
para el rito de la ordenación: examen de los candidatos,
preparación previa mediante la oración y el ayuno, ordenación
dentro del servicio dominical, y la oración sobre el
ordenando, dicha a veces por el ministro presidente
y por la congregación, con la imposición de las manos.
Quién imponía las manos era algo que variaba de una
a otra confesión cristiana.
El concilio de Trento confirmó la tradición medieval.
Afirmó categóricamente que las ordenaciones son un sacramento
instituido por Cristo, y que existe una jerarquía instituida
divinamente en la Iglesia. El concilio no resolvió las
cuestiones planteadas por los Reformadores ni por la
disquisición medieval. Habría que esperar al concilio
Vaticano II.
Este concilio perfeccionó y mejoró la teología medieval.
El punto de partida será el mismo Jesús, que así como
en su misión fue profeta-maestro, sacerdote, rey- pastor,
del mismo modo la Iglesia participa de él enseñando,
santificando, y pastoreando. El concilio afirmó en la
constitución Lumen Gentium (21), que la plenitud
del sacramento de la ordenación yace en el obispado;
y reconoció el sacerdocio de todos los bautizados (P.O.
2), que por su iniciación cristiana participan de la
triple función de Cristo.
La tendencia más notable de las reformas litúrgicas
realizadas en la segunda mitad del siglo XX es un movimiento
hacia una estructura ritual y un entendimiento de la
naturaleza de la ordenación comunes en las diferentes
confesiones cristianas.
El concilio Vaticano II (1962-65), en la constitución
sobre la liturgia, presentaba una reforma mucho más
positiva, afirmando que "la Iglesia, con solícito
cuidado, procura que los cristianos no asistan a este
misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino
que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones,
participen consciente, piadosa y activamente en la acción
sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se
fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios,
aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia
inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente
con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador
en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente,
Dios sea todo en todos" (48).
La reforma litúrgica efectuada en la segunda parte
del siglo XX en las mayores confesiones cristianas ha
llevado a la práctica cumplidamente este principio general.
Ello ha logrado que, en general, los cristianos estén
más cerca unos de otros, gracias al amor manifestado
por Jesús en este sacramento.
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