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| Mayordomía |
El término mayordomía no es frecuente en la conversación
ordinaria. Hoy día estamos acostumbrados a otro lenguaje, así se habla de administración
de bienes, de administrador. En lenguaje coloquial hablaríamos de ´llevar la
batuta´ o ´tener la llave de la despensa´, y en cada país, habrá expresiones
peculiares.
La palabra usada en la Biblia es "mayordomía" y al ejecutor de la misma se
le llama "mayordomo". Este cargo cubría una variedad enorme de campos. El mayordomo
debía supervisar y administrar las posesiones, los negocios, un palacio, el
tesoro de una ciudad, los criados. En el Nuevo Testamento incluso se habla de
la mayordomía de bienes y talentos divinos.
Según esto, mayordomo es la persona encargada de la administración de los bienes
y el uso de los mismos, para el buen funcionamiento de un negocio o empresa.
Un cristiano es mayordomo por naturaleza, pues debe administrar los bienes creados
por Dios y puestos al servicio del bien común. Un cristiano debe administrar
no sólo bienes externos sino internos a sí mismo. Bienes que llamamos capacidades
o talentos: espirituales y corporales.
En el primer capítulo del Génesis, Dios encargó al ser humano la noble tarea
de dominar y controlar la tierra. En este sentido somos colaboradores de Dios.
Ahora bien, hemos de administrar la riqueza creada para bien de todos, no para
colmar el egoísmo de unos pocos. Una auténtica mayordomía nos debe llevar a
establecer justicia social en la tierra para que nadie carezca de alimento,
de vestido o de hogar.
En el mundo moderno estamos asistiendo al más triste espectáculo que el ser
humano pueda ofrecer: el derroche y la aniquilación paulatina del orden creado
por Dios. Contaminamos el aire, la tierra, las aguas, los alimentos, y morimos
envenenados. En este sentido ser mayordomo incluye obligaciones más amplias
que las relacionadas con nuestro mundo particular e individual.
En el ambiente eclesiástico, sobre todo en este país, el término mayordomía
ha quedado empobrecido y relegado a implicar casi únicamente la tradicional
campaña anual para recaudar fondos. El dinero es necesario, pero debemos insistir,
a diestro y siniestro, que la mayordomía cristiana abarca toda nuestra vida.
Hemos de dedicar tiempo y talento a la obra de Dios, y no debe quedar reducido
al ámbito de las relaciones con la iglesia. En todo momento y en todo lugar
hemos de ser buenos mayordomos de lo que Dios nos ha dado.
Estoy convencido de que es obligación de los líderes eclesiásticos el establecer
un programa educativo orientado a la formación responsable del buen uso de los
recursos que Dios nos ha entregado. Tal educación redundaría en beneficio del
mismo servicio cúltico y caritativo. En efecto, todos conocemos familias que
han tenido buenos ingresos económicos, que a la hora de la verdad han llegado
a la bancarrota por el despilfarro de los mismos.
La inmensa mayoría de los lectores, probablemente emigrantes, habrán llegado
de países pobres o donde la carencia de bienes estaba a la orden del día. Allí
se valoraba el detalle. Aquí, en el país de la abundancia (Estados Unidos),
nos damos al derroche y no apreciamos las migajas que otros desearían comer
para matar el hambre.
| Todo cristiano debe ofrendar, regular y libremente, con alegría y sacrificio, en proporción a sus ganancias; motivado por su consagración al Señor y a imitación de Jesucristo, que se hizo pobre por nosotros con un sacrifico amoroso. |