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por Isaías A. Rodríguez
| Todo cristiano debe ofrendar, regular y libremente,
con alegría y sacrificio, en proporción a sus ganancias;
motivado por su consagración al Señor y a imitación
de Jesucristo, que se hizo pobre por nosotros con
un sacrifico amoroso. |
El término mayordomía no es frecuente
en la conversación ordinaria. Hoy día estamos acostumbrados
a otro lenguaje, así se habla de administración de bienes,
de administrador. En lenguaje coloquial hablaríamos
de ´llevar la batuta´ o ´tener la llave de la despensa´,
y en cada país, habrá expresiones peculiares.
La palabra usada en la Biblia es "mayordomía" y al ejecutor
de la misma se le llama "mayordomo". Este cargo cubría
una variedad enorme de campos. El mayordomo debía supervisar
y administrar las posesiones, los negocios, un palacio,
el tesoro de una ciudad, los criados. En el Nuevo Testamento
incluso se habla de la mayordomía de bienes y talentos
divinos.
Según esto, mayordomo es la persona encargada de la
administración de los bienes y el uso de los mismos,
para el buen funcionamiento de un negocio o empresa.
Un cristiano es mayordomo por naturaleza, pues debe
administrar los bienes creados por Dios y puestos al
servicio del bien común. Un cristiano debe administrar
no sólo bienes externos sino internos a sí mismo. Bienes
que llamamos capacidades o talentos: espirituales y
corporales.
En el primer capítulo del Génesis, Dios encargó al ser
humano la noble tarea de dominar y controlar la tierra.
En este sentido somos colaboradores de Dios. Ahora bien,
hemos de administrar la riqueza creada para bien de
todos, no para colmar el egoísmo de unos pocos. Una
auténtica mayordomía nos debe llevar a establecer justicia
social en la tierra para que nadie carezca de alimento,
de vestido o de hogar.
En el mundo moderno estamos asistiendo al más triste
espectáculo que el ser humano pueda ofrecer: el derroche
y la aniquilación paulatina del orden creado por Dios.
Contaminamos el aire, la tierra, las aguas, los alimentos,
y morimos envenenados. En este sentido ser mayordomo
incluye obligaciones más amplias que las relacionadas
con nuestro mundo particular e individual.
En el ambiente eclesiástico, sobre todo en este país,
el término mayordomía ha quedado empobrecido y relegado
a implicar casi únicamente la tradicional campaña anual
para recaudar fondos. El dinero es necesario, pero debemos
insistir, a diestro y siniestro, que la mayordomía cristiana
abarca toda nuestra vida. Hemos de dedicar tiempo y
talento a la obra de Dios, y no debe quedar reducido
al ámbito de las relaciones con la iglesia. En todo
momento y en todo lugar hemos de ser buenos mayordomos
de lo que Dios nos ha dado.
Estoy convencido de que es obligación de los líderes
eclesiásticos el establecer un programa educativo orientado
a la formación responsable del buen uso de los recursos
que Dios nos ha entregado. Tal educación redundaría
en beneficio del mismo servicio cúltico y caritativo.
En efecto, todos conocemos familias que han tenido buenos
ingresos económicos, que a la hora de la verdad han
llegado a la bancarrota por el despilfarro de los mismos.
La inmensa mayoría de los lectores, probablemente emigrantes,
habrán llegado de países pobres o donde la carencia
de bienes estaba a la orden del día. Allí se valoraba
el detalle. Aquí, en el país de la abundancia (Estados
Unidos), nos damos al derroche y no apreciamos las migajas
que otros desearían comer para matar el hambre.
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