El matrimonio La Biblia no
menciona ningún servicio religioso específico para el
matrimonio. Durante la ceremonia, los novios se encontraban
bajo un toldo en presencia de diez testigos ante quienes
pronunciaban sus promesas de amor mutuo; una vez concluida,
toda la comitiva se dirigía a la casa del novio, caminando
al son de cánticos y salmos; allí empezaba una fiesta
que duraba de siete a catorce días.
El modelo de matrimonio
que ha predominado en la cultura occidental ha seguido
las costumbres griegas, romanas y judías casi inalteradas
en lo sustancial. En los primeros siglos del cristianismo,
los testigos cualificados del matrimonio eran autoridades
civiles; no había servicio religioso. En el siglo II
san Ignacio pide a una pareja que consiga el permiso
del obispo; y Tertuliano en el siglo III indica que
el matrimonio será bendecido posteriormente en una eucaristía.
Los testimonios de estos autores confirman que la ceremonia
matrimonial seguía las costumbres reinantes en aquella
sociedad. A partir del siglo IV, gradualmente el matrimonio
va entrando en la Iglesia y cristianizando los ritos
civiles. A lo largo del siglo XIII, diversos concilios,
en especial el II de Lyon (1274), incluyen el matrimonio
en la lista de los siete sacramentos.
Los escolásticos
medievales insisten en que el sacramento del matrimonio,
de una manera extraordinaria, fue instituido dos veces.
La primera, en el Génesis, tiene a Dios como autor y
está al servicio de la naturaleza. La segunda se origina
en Cristo, como los demás sacramentos. El primer caso
simboliza la unión que se realiza entre Dios y la humanidad.
El segundo, el amor que Cristo profesa a su Iglesia.
Los teólogos medievales, sin embargo, encuentran dificultades
para explicar la sacramentalidad del matrimonio, por
tratarse de una realidad anterior a la obra de la redención,
y estar relacionado con la sexualidad, tenida por la
tradición cristiana de entonces como algo negativo,
aliado con el pecado.
El concilio de Trento incluye al matrimonio entre los
siete sacramentos, y defiende su razón de ser por la afirmación
del Génesis, recogida y confirmada por los evangelios.
Tanto Lutero como Calvino negaron la sacramentalidad del
matrimonio, basándose en el argumento de que la Escritura
no habla de su institución. Lutero afirma que el matrimonio
no es un signo de gracia, sino sólo "figura" y "alegoría
real" del misterio de Cristo y de la Iglesia. Para poderlo
llamar sacramento, "falta la institución y la promesa
divina que es la que constituye el sacramento".
William H. Willimon, en Worship as Pastoral Care,
afirma que "el servicio del santo matrimonio está repleto
de antiguas prácticas paganas. Y así representa a una
amalgama curiosa entre lo sagrado y lo profano, lo civil
y lo religioso, y lo sublime y lo ridículo". Sin embargo,
griegos y romanos no estarían de acuerdo con tal afirmación.
Para ellos las ceremonias de la boda tenían un carácter
eminentemente religioso. La novia despedía a las divinidades
protectoras del hogar que abandonaba, para acogerse a
las del hogar del novio. El padre de la novia hacía la
entrega de su hija al novio después de ofrecer un sacrificio
a las divinidades domésticas propias. Luego la novia era
conducida procesionalmente en un carro, vestida con la
túnica blanca, velada y coronada, a la casa del novio.
Este la introducía en brazos, simulando un rapto, procurando
que sus pies no tocasen el umbral de la puerta. Finalmente,
la novia era llevada ante el altar doméstico, donde se
la rociaba con el agua lustral y ella tocaba el fuego
sagrado, mientras se recitaban unas oraciones y se ofrecía
el sacrificio. La ceremonia terminaba compartiendo el
pastel nupcial, una pequeña torta de harina, prenda sagrada
del matrimonio.
Entre los griegos, desde tiempos homéricos, existe la
costumbre de la dote y regalos de petición de mano de
la novia. Generalmente es el padre quien recibe una dote
de la familia del novio. El legislador ateniense Solón
suprimió las dotes, porque no quería que el matrimonio
fuese por interés, sino que se fundase en "el deseo de
procreación, en el cariño y en la benevolencia". También
los romanos se acostumbraron a que el novio diera unos
regalos a la novia, como tierras, platas o joyas. De esta
práctica de los regalos se derivan las arras, que
tienen un origen oriental. En la petición de mano, el
novio entrega un anillo a la novia como signo del compromiso
matrimonial. El beso de los novios tenía también un valor
moral y jurídico, y el uso era seguido en diversos lugares
de Oriente y Occidente.
Como queda indicado, los cristianos adoptaron estas costumbres,
sustituyendo las ceremonias religiosas paganas por las
cristianas. Estas prácticas se han mantenido vigentes
en general hasta nuestros días. En definitiva, una pareja
intercambia unas promesas de acuerdo con las regulaciones
vigentes, y luego la Iglesia bendice la unión. De hecho
en algunos países se dan dos ceremonias completamente
separadas, la civil y la religiosa.
Finalmente, queda insinuado que la tradición cristiana consideró al matrimonio
como un mal menor, debido al pecado y a la sexualidad, ésta entendida siempre
negativamente. Doctrinas dualistas, como el platonismo, los maniqueos, los agnósticos,
consideraban a la materia -y entre ella la carne- como producto de un principio
creador malo. Por ello, se insistió en que el sexo era malo y que sólo se podría
tener para satisfacer el mandato bíblico de la multiplicación de la humanidad.
Modernamente, con mejores conocimientos biológicos, filosóficos y teológicos,
se considera la sexualidad como un don divino inserto en la humanidad para goce
mutuo dentro de un compromiso formal entre dos personas y que puede conducir a
la procreación.