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| Las imágenes de Cristo |
por Isaías A. Rodríguez y Víctor Ruiz
Cristo es noticia. Desde hace décadas, no hace sino
subir el interés por su figura, en todos los niveles sociales y a través de
todas las manifestaciones culturales. No es que se trate de un mayor éxito de
un determinado "Cristo", desde la visión de una confesión u otra: es la propia
figura histórica, y su mensaje humanitario, lo que atrae a millones de personas
de todo el mundo, que cada año adquieren, visionan y leen decenas de títulos
nuevos sobre Jesús, de entre los centenares de productos literarios cada año
en cada idioma y no pocos cinematográficos también. Este reconocimiento de la
importancia histórica de Cristo siempre puede considerarse como muy positivo,
aunque sólo fuera por el beneficio conlleva -ese mensaje y ese ejemplo- para
todo aquél que se le acerque. También pudiera quedarse todo el fenómeno en algo
imperfecto y deficiente, pero supone ya un camino para llegar al Cristo verdadero:
al humano y divino que vivió en este mundo.
¿Por qué este interés por Cristo?
Hoy se interesan por Cristo las ciencias religiosas, las ciencias sociológicas
en sondeos y encuestas, el mundo del arte en todas sus derivaciones, los medios
de comunicación social: prensa, radio, televisión y cine.
A partir del siglo XX, un creciente interés por lo sagrado y especialmente por
la figura de Cristo, parece tener sus causas en un amplio conjunto de factores:
desde los descubrimientos arqueológicos de nuevos textos a mediados de siglo,
el golpe a la postura nihilista asestado por la II Guerra Mundial, el cansancio
moderno de la vacuidad tecnológica, hasta la propia "desclasificación" de documentos
por parte del Vaticano tras su segundo concilio. Pero todos estos hechos no
terminan de explicar el fenómeno.
¿Por qué este entonces interés por Cristo? A simple vista, todo parece indicar
que nos encontramos en una época de revitalización del cristianismo, en una
época de retorno a Cristo, en una época de búsqueda de Cristo. Pero, ¿no es
todavía más significativo que Cristo atraiga igualmente la atención de gentes
pertenecientes a otras religiones o que incluso dicen no tener ninguna?
He aquí otra paradoja de nuestro tiempo: Mientras la figura de Cristo no hace
sino subir en el ranking de best sellers, la sociedad no hace
sino continuar en un proceso de "descristianización" alarmante. Verdad es que
a esta difusión han contribuido grandemente intereses monetarios de negocios
capitalistas, convirtiendo la "noticia de Cristo" en más bien "Cristo como noticia
(que vende)". Valga de ejemplo La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. Pero
no deja de ser menos cierto que si no hubiera un mercado hambriento sobre el
tema, ese montaje financiero se hubiera hundido hace mucho.
En definitiva, no podemos negar que en el fondo se trata de algo positivo. El
interés por Cristo es verdadero, es real. Pero, ¿qué Cristo busca el ser humano
de hoy? ¿El Cristo lejano, intangible, divino y no humano, que algunas formas
de devoción piadosa nos han transmitido? Para muchos, sobre todo para las generaciones
jóvenes, tal Cristo no es aceptable. Entonces, ¿cuál?
Cristo en la historia
La piedad religiosa ha manifestado sus gustos en imágenes apropiadas, y éstas
nos sirven hoy como fiel retrato de aquella época, aquel pueblo, grupo, y su
cultura religiosa. Sin darnos cuenta, en cada momento histórico hemos estado
-y estamos los de hoy- enmarcados en un ambiente ideológico, sociológico, religioso,
influyendo en nosotros poderosamente, obligándonos a la par a configurar nuestro
espíritu. Si observamos imágenes como las que representan a Cristo en las distintos
lugares, etapas y culturas, podemos contemplar las distintas concepciones del
mundo éstas nos transmiten.
En el siglo IV, Teodosio I declara el Cristianismo la religión oficial del Imperio:
florece un Cristianismo de paz, serenidad y tranquilidad, manifestado en el
arte de la época. Iglesias como las de Rávena dejan traslucir claramente ese
espíritu en las imágenes de sus mosaicos. No hay escenas terroríficas, no hay
demonios, no hay juicios, no hay escenas infernales. Las imágenes de los santos
y de Cristo son humanas y estilizadas, viviendo ya en otro mundo. A través de
su serenidad ofrecen reposo al alma. Por ellas uno llega al más allá.
La época medieval se caracteriza por una falta de sentido histórico. No se tiene
noción del tiempo exterior sino del interior: se viven las cosas bajo el sentido
de la contemplación. La Edad Media nos representa un arte estilizado, reducido
a las líneas esenciales, que obedece a una negación de la materia y una búsqueda
del espíritu.
En el siglo XVI, las figuras de El Greco no son ni divinas ni humanas. No son
reales -cuerpos demasiado alargados y desproporcionados- se trata de imágenes
idealizadas, fruto directo de vivencias interiores.
Del Renacimiento arranca una tendencia que culmina en nuestra época, con una
interpretación de Cristo afeminada, indefinida, ni hombre ni mujer, ni tampoco
dios. Salta a simple vista en el arte religioso moderno un rechazo de esa imaginería
dulzona. Lo mismo sucede en el arte cinematográfico: al Cristo galante, de ojos
verdes, de la película Rey de Reyes, de Cecil B. de Mille, se opone el
Cristo humano, viril, trabajador, de El Evangelio según San Mateo, de
Pasolini. Hoy se busca el Cristo, en palabras del Concilio Vaticano II, "que
trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad
de hombre, amó con corazón de hombre.. El Hijo de Dios con su encarnación se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (G.S 22).
Este amor por un Cristo divino, pero también humano y cercano a nosotros, se
ha hecho evidente sobre todo en la canción religiosa. Los versos del cantautor
Ricardo Cantalapiedra, que copiamos a continuación, son ejemplares en este sentido:
"No queremos a los grandes palabreros
queremos a un hombre
que se embarre con nosotros,
que llore con nosotros,
que beba con nosotros,
el vino en la taberna,
que coma en nuestra mesa,
que tenga orgullo y rabia,
que tenga corazón y fortaleza,
los otros no interesan
los otros no interesan".
Los Cristos modernos
Así desembocamos en la imaginería religiosa actual. Casi todos experimentamos
una sensación de desagrado cuando vemos ciertas esculturas o pinturas de Cristos.
A los acostumbrados a la serenidad clásica de un Cristo como el del pintor Velázquez,
les resultará muy difícil soportar una de las imágenes modernas. Pero si nos
detenemos y reflexionamos un poco, veremos que esas imágenes "vanguardistas"
nos ofrecen la imagen del ser humano moderno. Un ser angustiado, problemático,
inquieto, sin paz interior, contestador. Y el ser moderno, ante ellas, se siente
identificado y reza y llora desde el alma pidiendo ver con claridad.
Imágenes como las que pueden verse en la exposición "Rostros
de Cristo", en el sitio web de la Iglesia Episcopal, nos
ofrecen toda una serie de sensaciones: hombres que se han subido a la cruz,
pero que no están muertos. El hombre que protesta en las huelgas, al hombre
líder que defiende al pobre y al débil. También podemos ver al hombre que lucha
por superarse, pleno de musculatura y poder, al atleta, al deportista. Vemos
al hombre que cansado de vivir por fin logra el reposo, pero en su rostro todavía
existe una dulzura triste, reliquia de la amargura de este mundo.
Los Cristos del arte moderno son casi infinitos y todos ellos reflejan aspectos
de nuestro vivir en el siglo XX. Sin embargo, no podemos decir que nuestra cultura
haya ofrecido al pueblo un prototipo de imagen que satisfaga todas sus ansias,
es decir, las de un Cristo humano y divino, muerto y resucitado. Y es que ni
la teología ni el pensamiento modernos han llegado a esa síntesis. Parece que
serán necesario que pasen más años para lograr algo así. Y mientras tanto, podemos
estar contentos por el afán de búsqueda de verdad que caracteriza a nuestro
mundo.
Texto de la Presentación de la Exposición "Rostros
de Cristo"
Dirección en la web: http://www.episcopalchurch.org/69108_ENG_HTM.htm
No existen descripciones precisas de cuál pudo
ser el aspecto que tuvo Jesús. Durante siglos, cristianos y artistas de todo
el mundo han utilizado sus imaginaciones para tallar o dibujar, pintar o esculpir,
tejer o construir, lo que veían en sus corazones. A menudo se retrata a Jesús
con nuestra propia imagen, como uno de nosotros, en nuestra comunidad.
La imagen de Jesús se ha usado como una llamada a la justicia, como una fuente
de esperanza y como un vínculo que nos mantiene unidos. Puede que, en esta colección,
las motivaciones del artista que se manifiesten a través de su trabajo. O puede
que simplemente seamos capaces de comparar distintas interpretaciones de temas
en la vida de Cristo.
Los anglicanos son una comunidad de fe maravillosamente diversa, bendecida con
múltiples "rostros de Cristo". Aunque esta exposición es pequeña y ni siquiera
significa una muestra de toda la imaginería disponible, no obstante es una invitación
a mirar a Cristo a través de los ojos de los artistas. Nos invita también a
seguir el Cristo Resucitado y a conocer la presencia en nuestras vidas de esa
divina relación.
Paula Wallace (Curadora de la exposición)