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por Isaías A. Rodríguez
El sacramento de la eucaristía ha sido considerado
en la tradición de la Iglesia como el segundo sacramento
mayor. Por el bautismo entramos en la Iglesia, el pueblo
de Dios. Por la eucaristía nos mantenemos unidos a Cristo,
como el sarmiento a la vid, y crecemos espiritualmente
gracias a la savia, a la gracia que de él recibimos.
Justino Mártir hacia el año 155 escribió una descripción
de la eucaristía que parecía más bien la cristianización
de las bendiciones judías de la comida. Habla Justino
de que el primer día, conocido como domingo, todos los
que viven en las ciudades o en los pueblos se reúnen
en un lugar. Se leen los escritos de los profetas y
las memorias de los apóstoles. Sigue la oración eucarística
con el pan y el vino. El servicio ya no se celebra por
la noche sino por la mañana, y no hay una cena completa.
Conocemos, por san Pablo y los de Corinto (1 Cor 11,17-34),
los problemas que surgían al celebrar la eucaristía
dentro de una comida regular. Justino dice también que
los recién bautizados se "congregan con los hermanos"
para las oraciones comunes y el beso de la paz, que
significaba reconciliación, según lo mandado por el
Señor en Mateo 5,24. Después llevan al que preside (el
obispo) el pan y el vino – mezclado con agua, para indicar
sobriedad – que los recibe y da gracias a Dios por la
creación y la redención a través de su Hijo y del Espíritu
Santo. Y da gracias por haber sido considerados dignos
de recibir tales dones. Todo el mundo asiente, respondiendo:
Amén. Luego los diáconos ofrecen pan, vino y agua a
los presentes y se lo llevan también a los ausentes
que por razón de enfermedad u otra causa no han podido
asistir. Uno de los detalles que más destaca, en la
narración de Justino es el carácter comunitario de la
eucaristía y en particular la respuesta del "amén",
expresando la atenta participación de los presentes
en la celebración.
Otra descripción de la eucaristía la encontramos en
la Tradición Apostólica de Hipólito. En una breve
mención de la eucaristía pascual, indica cómo el obispo
parte el pan y lo distribuye con el vino, ayudado por
los presbíteros y los diáconos. También se administran
a los recién bautizados copas de agua, leche y miel,
símbolos del bautismo y del final de los tiempos.
Los casos de Justino e Hipólito son testimonios de
un período de desarrollo ritual eucarístico anterior
a "la paz de la Iglesia" del siglo IV. En
el correr de este siglo se encuentra mayor evidencia
de que la práctica eucarística se extiende más por doquier.
En general esta evidencia es palpable con relación a
centros como Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla
y Roma. El esquema litúrgico de entrada de sacerdotes
a la iglesia, el beso de la paz y el ofertorio, la fracción,
la comunión y la despedida, en este tiempo de tranquilidad,
se va redondeando y embelleciendo con oraciones y cánticos.
En los primeros años de la Edad Media se inicia en
Roma una corriente hacia la centralización y uniformidad.
Se empieza a enfatizar el aspecto sacrificial de la
misa, la presencia de Cristo localizada en el pan y
el vino, y las interpretaciones alegóricas en torno
al altar. Estas tendencias empezaron a embargar al pueblo
de un sentido de reverencia hacia la eucaristía. Cundió
la idea de indignidad ante la sublimidad de tan alto
misterio, la gente abandonó la comunión y se entregó
a actos penitenciales y a adorar la eucaristía de lejos,
creyendo que ello era suficiente para lograr efectos
salvíficos.
Este entendimiento físico de la eucaristía siguió en
crescendo hasta ya bien entrada la Edad Media,
cuando llegaron los escolásticos a esclarecer el asunto.
El concilio Laterano IV (1215) empezó a usar el término
transubstanciación para describir los cambios
de pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Pero
fue Tomás de Aquino (1225-1274) quien explicó que las
apariencias eran de pan y vino, pero que la substancia
se había convertido en el cuerpo y sangre de Cristo.
Sin embargo, aunque esta explicación se adujo para combatir
una interpretación demasiado realista, tan sofisticados
matices no iban a ser bien entendidos por la mayoría
y quedarían asociados a una presencia carnal de Cristo
en los elementos consagrados.
Lutero creyó que, después de la consagración, el pan
y el vino seguían siéndolo, al paso que se daba la nueva
presencia real de Cristo. Para Zuinglio se trataba más
bien de una presencia simbólica. Modernamente se han
ofrecido otras interpretaciones como: transfinalización,
según la cual se cambia el fin a que está determinado
un objeto en otro, o transignificación, por
la cual el significado de un objeto pasa a significar
otra cosa. Ni éstas ni otras soluciones presentadas
pueden en definitiva resolver un asunto que cae de lleno
en el campo de la fe.
Sin embargo lo que más ardientemente se deseaba en
el siglo XVI era una renovación litúrgica de la eucaristía.
La Reforma protestante lo logró sólo parcialmente, mientras
que la Iglesia católica romana mantuvo la eucaristía
en un halo de misterio.
El concilio Vaticano II (1962-65), en la constitución
sobre la liturgia, presentaba una reforma mucho más
positiva, afirmando que "la Iglesia, con solícito
cuidado, procura que los cristianos no asistan a este
misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino
que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones,
participen consciente, piadosa y activamente en la acción
sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se
fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios,
aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia
inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente
con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador
en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente,
Dios sea todo en todos" (48).
La reforma litúrgica efectuada en la segunda parte
del siglo XX en las mayores confesiones cristianas ha
llevado a la práctica cumplidamente este principio general.
Ello ha logrado que, en general, los cristianos estén
más cerca unos de otros, gracias al amor manifestado
por Jesús en este sacramento.
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