Catalina Benincasa fue la más joven de veinticinco hijos
de un rico tintorero de Siena. A los seis años tuvo una visión extraordinaria
que probablemente decidió la vocación de su vida. De camino a casa, después de
una visita, se paró en el camino y miró al cielo olvidándose de lo que sucedía
a su alrededor. "Contemplé a nuestro Señor sentado en la gloria con san Pedro,
san Pablo y san Juan". Más tarde dijo que el Salvador le sonrió y la bendijo.
Desde ese momento, Catalina pasaba la mayor parte del tiempo en oración y meditación,
a pesar de que su madre la animaba a que fuera como las otras niñas. Para zanjar
el asunto, Catalina se cortó el cabello, su principal belleza. La familia la molestaba
continuamente; al fin, convencidos de que no prestaba atención a tanta oposición,
su padre le permitió que actuara como quisiera: que se encerrase en una habitación
oscura que ayunara o durmiera sobre tablas. Finalmente entró como postulante en
un convento de monjas dominicas.
Catalina tuvo muchas visiones y también fue probada seriamente con tentaciones
repugnantes e imágenes degradantes. Con frecuencia, se sentía totalmente abandonada
del Señor. Al fin, en 1366, el Salvador se le apareció con María y una hueste
celestial, y la desposó, terminando así años de soledad y de lucha. Se hizo enfermera,
como lo hacían regularmente las dominicas, y cuidaba a los leprosos y cancerosos
que otras enfermeras no querían atender.
En Siena, había división de opinión sobre si era una santa o una fanática, pero
cuando se nombró al obispo de Capua como su confesor, la ayudó a lograr el apoyo
total de la casa madre dominicana. Catalina fue una trabajadora valiente en tiempos
de una plaga severa; visitó prisioneros condenados a muerte; se recurría a ella
para que arbitrara en disputas y para que preparara para la confesión a pecadores
atormentados.
Durante el gran cisma del papado, con papas rivales en Roma y en Aviñón, Catalina
no cesó de escribir a príncipes, reyes y papas, instándoles a restaurar la unidad
de la Iglesia. Incluso se acercó a Roma para buscar una solución.
Además de las muchas cartas a toda clase de personas, Catalina escribió un Diálogo,
un trabajo místico dictado mientras se encontraba en éxtasis. Agotada y paralizada,
murió a la edad de treinta y tres años.