Bernardo, un defensor ardiente de la Iglesia en el siglo
XII, fue famoso por la pasión con que predicaba un amor "sin medida" a Dios. Estaba
completamente entregado, incluso con descuido de su salud, a defender la pureza,
la doctrina y las prerrogativas de la Iglesia. En él se cumplió su propia definición
de una persona santa: "Considerado como bueno y caritativo, no guardando nada
para sí mismo, sino poniendo todo su talento al servicio del bien común".
Bernardo era hijo de un caballero y terrateniente que vivía cerca de Dijon, Francia.
Nació en 1090 y recibió una educación secular, pero en 1113 entró en la abadía
benedictina de Citeaux. Su familia no quedó satisfecha con la elección de la vida
monástica, mas Bernardo persuadió a cuatro de sus hermanos y veintiséis amigos
a que se le unieran para fundar un monasterio en Claraval en 1115.
Durante los diez años siguientes, Bernardo se privaba del sueño para poder escribir
cartas y sermones. Predicaba con tanta persuasión que se fundaron otras sesenta
nuevas abadías cistercienses todas afiliadas a Claraval. Para el 1140 sus escritos
le habían convertido en una de las figuras más influyentes de la cristiandad.
Participó activamente en toda controversia que amenazaba a la Iglesia. Fue un
crítico ardiente del intento de Pedro Abelardo de reconciliar las inconsistencias
de la doctrina con la razón, porque pensaba que tal enfoque degradaba a los misterios.
Cuando un antiguo monje de Claraval fue elegido papa, Eugenio III, Bernardo se
convirtió en su mediador de conflictos. Predicó la cruzada contra los albigenses,
y la segunda cruzada para liberar a Jerusalén, recibiendo mucho apoyo de Francia
y de Alemania. Cuando la cruzada terminó en un desastre se criticó rotundamente
a Bernardo por haberla defendido. Murió poco después en 1153. Fue canonizado en
1174.
Entre los escritos de Bernardo se encuentran tratados sobre los deberes papales,
el amor y la veneración a María, y un comentario al Cantar de los Cantares. También
se le atribuyen himnos famosos.