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La llegada del otoño, con su impronta de fugacidad
nos obliga a pensar en nuestro término. Se nos presenta
el otoño como una espada de doble filo. Aparece variopinto,
adornado de colores que enriquece el alma. Es el otoño
brillante sonrisa que pronto ha de enmudecer. Es el
último canto a la vida. Un canto de despedida. Un canto
de partida. Acto seguido, la naturaleza toda yace callada
en apariencia de muerte.
Ese aluvión de colores y su rápida desaparición nos
inunda el alma de melancolía y nos obliga a pensar en
nuestra propia desaparición. La muerte. Ya su evocación
nos infunde tristeza.
Por otra parte, ¿por qué ha de ser así? ¿Por qué se
ha visto en la muerte un castigo enviado por Dios al
género humano? ¿Es que acaso el otoño también es un
castigo de Dios a la naturaleza? ¿O no se trata, mas
bien, de un proceso ordinario de la naturaleza? Morir
para volver a vivir. Tras el breve lapso del invierno,
la naturaleza, de nuevo, se llena de pujanza, dada precisamente
por la energía sonriente del otoño.
La muerte es una realidad triste que nos acosa en todo
momento. El instinto de supervivencia nos mantiene en
vida, evitando precisamente, que la idea de desaparecer
se convierta en obsesión y nos deprima hasta el punto
de buscarla como una solución a esa tortura.
Creo yo que el pensamiento de la muerte nos asusta por
dos razones, por la despedida que implica y el desconocimiento
de lo que nos espera.
La partida de este mundo nos obliga a desprendernos
y despojarnos de lo circundante, de lo que hemos querido
durante años, de lo que conocemos. El alma se desgarra
y el corazón llora.
El destino a donde vamos es desconocido. Eso nos llena
de ansiedad. ¿Qué pasará? ¿Cómo resultará el viaje?
Para facilitar nuestra llegada solemos pensar en todos
los pormenores que hagan más atractivo nuestro arribo.
La misma salida se nos hace más llevadera cuando sabemos
que al término alguien nos espera. Allí estarán amigos
y seres queridos para ofrecernos amor y seguridad.
¿Por qué ha de ser el morir diferente? La muerte no
es ni más ni menos que un proceso vital que nos desprende
de una realidad presente para lanzarnos a una nueva.
Proceso necesario y conveniente al género humano. De
lo contrario quedaríamos amarrados a esta vida presente,
pero sin un sentido que nos ofrezca una razón de vivir.
Cumplido el objetivo de nuestra vida, ¿a qué continuar
viviendo aquí? ¿Para qué y por qué? ¿No será mejor lanzarse
a nuevas aventuras en el más allá?
El empujón de la muerte nos arroja, para nuestro bien,
en brazos de una vida luminosa donde nos esperan millones
de seres humanos que nos han precedido, y sobre todo
el encuentro con la divinidad.
por Isaías A. Rodriguez
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