Los cristianos desde tiempo inmemorable han honrado
a hombres y mujeres cuyas vidas han mostrado un compromiso
heroico con Cristo y han dado testimonio de su fe incluso
a costa de sus vidas. Tales testigos, por la gracia
de Dios, viven en todos los tiempos.
Lo que celebramos en las vidas de los santos es la presencia
de Cristo que se manifiesta en y a través de una vida
particular en circunstancias específicas de la historia.
En las vidas de los santos no estamos lidiando principalmente
con absolutos de perfección sino con vidas humanas, en
toda su diversidad, y abiertas a las mociones del Espíritu
Santo. Más de una vida, cuando es examinada con detención,
revela imperfecciones o propensiones de un momento histórico
particular o perspectiva eclesial: actitudes hacia los
que se encuentran fuera de la Iglesia, suposiciones sobre
el género de las personas, un entendimiento del mundo,
todo esto puede parecer deficiente y erróneo. Y lo que
en una época fue tenido como virtud puede que en otra
se considere como equivocado. Debe animarnos el constatar
que los santos, como nosotros, primero y ante todo fueron
pecadores redimidos en quienes las palabras de Cristo
a san Pablo se cumplen con plenitud: "Mi gracia te es
suficiente, pues mi poder se muestra con perfección en
la debilidad".
La Iglesia conmemora a personas, no a cualidades abstractas.
Sin embargo, espera que ciertos rasgos hayan florecido
en aquellos que desea conmemorar de una manera especial.
Entre esas características se destacan las siguientes:
1. Fe heroica. Significa dar testimonio de Dios
en Cristo "contra cualquier adversidad". Históricamente,
los mayores ejemplares de tal fe han sido los mártires,
que han sufrido la muerte por la causa de Cristo, y los
confesores, que han aguantado el encarcelamiento, la tortura,
o el exilio por motivo de Cristo. Siguiendo este precedente,
la Iglesia Episcopal en Estados Unidos de América has
sido bien específica y ha limitado la designación de mártir
a personas que eligieron morir antes de renunciar a la
fe cristiana, y no lo ha aplicado a personas cuya muerte
pudo ser fruto de una fe heroica pero que no escogieron
conscientemente el martirio. Se dan otras situaciones
en las que el escoger y persistir en vivir de una manera
cristiana implica el confesar a Cristo "contra cualquier
adversidad", incluso arriesgando la vida. Por esta razón,
la Comunión Anglicana tradicionalmente ha honrado a monjes
y monjas como Antonio, Benito, Hilda, Constanza y compañeros,
a misioneros como Jorge Augustus Selwyn, y a gente tan
diversa como Mónica, Ricardo de Chichester, y Nicolás
Ferrar. Más recientemente la Iglesia ha sabido honrar,
por las mismas razones, a reformadores sociales como Guillermo
Wilberforce y Jonatán Daniels. La fe heroica es, por lo
tanto, una característica manifestada en situaciones muy
distintas.
2. Amor. "Aunque tenga una fe como para mover montañas,
si no tengo amor, nada soy. Aunque reparta todos mis bienes,
y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de
nada me sirve…Ahora nos quedan la fe, la esperanza, el
amor, estas tres. La más grande de todas es el amor" (1Cor
13:2b-3,13).
3. Bondad de vida. La gente digna de ser conmemorada
ha de haber trabajado por el bien de los demás. Es importante
darse cuenta de que la Iglesia busca no sólo la bondad
sino el crecimiento en la bondad. Una vida escandalosa
anterior a la conversión no descalifica a uno de ser incluido
en el calendario; antes bien, el testimonio de perseverar
hasta el fin confirma la santidad de vida y el poder transformador
de Cristo.
4. Alegría. Así como la fe es incompleta sin el
amor, de la misma manera el amor implica "alegría en el
Espíritu", ya sea en medio de adversidades extraordinarias,
ya en medio de las circunstancias ordinarias de la vida.
Puede que un cristiano no falle en obras de amor, pero
si carece de la alegría que implican, se queda corto en
la verdadera santidad cristiana. Sin embargo, tal alegría
es tanto una disciplina de la vida como una emoción. No
tiene por qué manifestarse en la superficie de la vida
de una persona, sino que puede permanecer profunda y ser
descubierta por otros sólo gradualmente.
5. Servicio a los demás por causa de Cristo. "Existen
carismas diversos…, existen ministerios diversos"(1Cor
12:4-5). No hay verdadera santidad sin el servicio a los
demás en sus necesidades. La Iglesia reconoce que así
como las necesidades humanas son varias, lo son también
las formas del servicio cristiano, en la Iglesia y en
el mundo.
6. Dedicación. La gente digna de ser conmemorada
ha demostrado evidencia de buscar a Dios a través de los
medios de gracia que la Iglesia reconoce, "eran asiduos
en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la solidaridad,
la fracción del pan y las oraciones" (Hech 2:42). Se esperan
regularidad y crecimiento en la disciplina de la oración
y de la meditación de la palabra de Dios, y se espera
que tal dedicación se manifieste no sólo en la vida privada
de la persona sino que sea visible en la compañía y comunión
de los cristianos.
7. Reconocimiento por parte de los fieles. El inicio
de la conmemoración de santos particulares es privilegio
de quienes los conocieron, los amaron y discernieron la
gracia especial de Cristo en un miembro de la comunidad,
y desean continuar en comunión de oración con ese miembro
ya ido. Ese reconocimiento instintivo de los fieles normalmente
empieza a niveles locales y regionales. La evidencia de
que a) tal conmemoración crece en el lugar, y de que b)
el reconocimiento de santidad se extiende fuera de la
comunidad inmediata, es esencial antes de que la Iglesia
nacional tenga la obligación de considerarlo. De hecho,
la Iglesia puede decidir que tal conmemoración se deje
a la observancia local. 8. Perspectiva histórica. En una
resolución sobre el calendario, la Conferencia de obispos
de Lambeth de 1958 declaró: "La adición de un nuevo nombre
normalmente ha de ser resultado de un deseo expresado
ampliamente en la región interesada sobre un período razonable
de tiempo". Generalmente han sido dos generaciones, o
cincuenta años después de la muerte.
Las cualidades o características mencionadas no agotan
el carácter de la santidad cristiana, ni se deben aplicar
como si cada una o todas ellas fueran condiciones legales
que una conmemoración propuesta debe cumplir antes de
que sea concedida la recomendación de una observancia.
Estas son pautas para ayudar a los fieles y a los órganos
oficiales de la Iglesia en la consideración de una propuesta
o recomendación para conmemoración.
(tomado del libro Las fiestas menores y los días de
ayuno. 2003)