El amor hacia el Santo Niño de Atocha forma parte de una larga tradición devocional
al Niño Jesús. Santos como Francisco de Asís, Antonio de Padua, Teresa de Jesús
y Juan de la Cruz, estimularon el fervor hacia la infancia de Jesús.
La veneración del Santo Niño de Atocha tiene sus raíces en España, pero todos
los datos carecen de algún tipo de evidencia histórica. Al parecer en el antiguo
pueblo de Atocha, ahora uno de los barrios más céntricos de Madrid, se construyó
una ermita en honor a la Virgen; y como la ermita se levantó sobre campos sembrados
de esparto o atochales, recibió el nombre de nuestra Señora de Atocha. Según la
leyenda, la imagen -labrada por san Lucas- había sido traída a España en el siglo
VI por un apóstol de Antioquía. A finales de la ocupación islámica de la Península
Ibérica, los musulmanes atacaron la ciudad, destruyeron la ermita, e hicieron
muchos prisioneros, prohibiendo a sus familiares visitarlos en la cárcel. Únicamente
los niños podían entrar a verlos. Las familias oraban todos los días por sus familiares,
porque sabían que carecían de alimento alguno. Un día llegó un niño vestido de
peregrino, bastón en mano, portando alimentos en una canasta y con una calabaza
llena de agua. Dio de comer y de beber a los prisioneros, pero ni la canasta ni
la vasija se vaciaban. Siempre quedaba algo más para otro prisionero. Al comprobar
tal cosa, se pensó que el niño peregrino no era ni más ni menos que el Niño Jesús.
En base a estas referencias el Niño de la ermita de nuestra Señora de Atocha se
convirtió en el patrono de los prisioneros, protector de viajeros y de personas
que se encuentran en peligro. Tras la destrucción de la ermita por los musulmanes,
fue reconstruida y agregada en 1162 a Santa Leocadia de Toledo, asistiendo la
familia real. Carlos V mando reconstruir un templo y convento en 1623.
Sobre cómo llegó este niño a México también abundan las incertidumbres. Al parecer
el 2 de septiembre de 1554 el capitán Francisco de Ibarra llegó hasta las aguas
de Fresnillo y, con fray Jerónimo de Mendoza, tras haber descubierto unas minas
que llamaron de san Demetrio por ser la fecha de su conmemoración el 2 de octubre,
fundó un pueblo. Entre los mineros, artesanos e indios, levantaron un templo que
en 1621 ya tenía el nombre de Plateros. Alfonso de Villaseco donó la imagen del
Señor de los Plateros. Con el tiempo las minas fueron adquiridas por el marqués
de San Miguel de Aguayo, quien mandó traer de España una réplica de la Virgen
de Nuestra Señora de Atocha, que tenía un niño en el brazo izquierdo.
Según otros, fueron los religiosos dominicos los que en 1780 trajeron de
España una estatua de nuestra Señora de Atocha al monasterio de Plateros, ubicado
a seis kilómetros de Fresnillo, en Zacatecas, México.
Es así como en el monasterio de Plateros se veneran las siguientes imágenes: san
Demetrio, el Señor de los Plateros, Santa María de Atocha y el Santo Niño de Atocha.
La del Niño es la que más atención y devoción recibe.
Los mineros obtuvieron muchos milagros del niño de nuestra Señora de Atocha. Hay
imágenes de retablos que datan ya del año 1701. Sin embargo, el niño se extravió,
por lo que hicieron una réplica pero con facciones indígenas y ya no lo colocaron
en el brazo de la Virgen. Esa imagen, de apenas 50 centímetros de alto, es de
facciones toscas. Las manos son grandes y desproporcionadas. Con la derecha bendice
y con la izquierda sostiene algo con sus dedos grandes y gruesos. El rostro es
redondo, regordito, la frente espaciosa, los ojos abiertos y con pupilas de vidrio,
el izquierdo my sesgado, los labios y la nariz achatados. Vestido con túnicas
de finas sedas y brocales, lleva insignias de peregrino y está sentado en una
silla. Los bucles le caen sobre los hombros y tiene un amplio sombrero del estilo
de la España colonial.
A partir de un portento ocurrido en 1829 su devoción se extendió. Hacia 1830 empezaron
a circular por México unas estampas con la imagen de un niño azul, que identificaban
con el Santo Niño de Atocha venerado en Plateros. La estampa representaba a un
niño de unos diez años, calado de sombrero ancho y rematado de plumas. Está sentado
en una silla de brazos, lleva sobre los hombros una esclavina con la concha de
peregrino y un cuello de encaje. En la mano izquierda lleva el báculo con una
calabaza y en la derecha una canasta. Mas cuando el peregrino llega al santuario
aquella imagen descrita no existe. Sin embargo, en el altar mayor, al pie del
Señor de los Plateros, se encuentra desde 1829 el Santo Niño de Santa María de
Atocha -aquel que había sido tallado por los mineros.
Las imágenes del Santo Niño varían en detalles y en nombres, pero como denominador
común, todos representan al Niño Jesús. Se pueden ver réplicas y variaciones en
Nuevo Laredo, Mezquitic de San Juan de los Lagos, Huescalapa, Barranca Honda de
Ayotlán, Hacienda el Refugio de Tala, Santo Niño de la Misericordia en nuestra
Señora de la Paz en Guadalajara. Aparece unas veces en los brazos de la madre,
otras sentado en una silla y en ocasiones también de pie.
En cualquier caso, lo verdaderamente importante de todos estos detalles es la
gran devoción de la gente hacia el Niño Jesús. Una sala en el santuario de Plateros
está llena de restos y recuerdos de personas que milagrosamente fueron curadas.
Cuando en 1998 llevaron al Niño de Atocha de Plateros a Los Angeles, California,
más de cien mil personas se acercaron a la parroquia de Nuestra Señora Reina,
regentada por los religiosos claretianos.