Hace unos tres mil años hubo un faraón en Egipto que tenía
sueños y nadie sabía intepretárselos. El último que había
tenido lo tenía intrigado y quería saber su significado,
alguien le habló de un joven hebreo que los interpretaba.
Ordenó que lo trajeran a su presencia y le contó el sueño,
que decía de esta manera: " El faraón soñó que se encontraba
a la vera del río. De pronto subieron del río siete vacas
hermosas y lustrosas, que se pusieron a pacer en el carrizal.
Pero resulta que detrás de aquéllas subieron del río otras
siete vacas, de mal aspecto y macilentas, las cuales se
pararon cabe las otras vacas en la margen del río, y las
vacas de mal aspecto y macilentas se comieron a las siete
vacas hermosas y lustrosas. Entonces el faraón se despertó".
José dijo al faraón que era voluntad de Dios el que vinieran siete años de gran
hartura en todo Egipto. Pero después sobrevendrían otros siete años de hambre
y se olvidaría toda la hartura en Egipto, pues el hambre asolaría el país, y no
se conocería hartura en el país, de tanta hambre como habría.
José aconsejó al faraón a que pusiera al frente de Egipto
a un hombre sabio, que administrase las grandes cosechas
que iban a venir durante los siete años de abundancia.
En ellos debieran acumular todo lo que pudieran, para
hacer frente a los años de escasez.
El faraón quedó tan admirado de la sabiduría del joven
hebreo que lo nombró primer ministro y administrador de
todo Egipto. Esta historia se encuentra en la Biblia,
en el libro del Génesis, capítulo 41.
Esta historia escrita hace unos tres mil años ilustra
la realidad de nuestros días. Pareciera ser que la economía
se desenvolviera en ciclos de siete años, más o menos.
Muchos fuimos testigos de los malos años a finales de
los setenta y principio de los ochenta que fueron seguidos
de otros de abundancia, para de nuevo entrar en otra crisis
al final de los ochenta y principios de los noventa. La
década de los noventa fue de gran abundancia, que condujo
a la crisis económica que ya dura más de tres años. Hay
gentes que han perdido el trabajo. Otros han perdido casas,
y otras posesiones. Y todo ¿por qué? Tal vez porque no
tuvieron presente la sabiduría encerrada en las páginas
de la Biblia. En la historia que hemos referido.
Efectivamente, no es raro encontrar personas que viven
locamente y lo que ganan, con el sudor de toda la semana,
lo despilfarran en unas horas los sábados y domingos.
El lunes se encuentran con los bolsos vacíos, con resaca,
macilentos y mendigando. Otras personas que administran
mejor sus bienes, tampoco se esfuerzan por ahorrar. Llegan
malos tiempos y pierden posesiones de gran valor, como
la casa, por no tener suficiente dinero ahorrado.
Es voluntad de Dios el que seamos buenos administradores,
buenos mayordomos, que administren bien, no sólo los bienes
particulares sino todos los bienes creados por Dios, para
que nadie pase hambre o necesidad.
por Isaías A. Rodríguez