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JUVENILES: Un problema que se extiende más allá de las grandes ciudades y las fronteras |
Para los historiadores, los llamados gangs son
un fenómeno de larga existencia, que empieza hace un siglo y medio en los ghettos
de grandes ciudades como Chicago y Los Angeles. Sin embargo, para algunos sociólogos
-y muchos más criminólogos- las bandas juveniles,también llamadas maras,
son un fenómeno que no ha hecho más que empezar, que se ha ido extendido a las
áreas rurales y turísticas, y que las fronteras no son ya capaces de contener.
Se sospecha además que, si muchas autoridades locales no dan mayor difusión
al problema, es por el perjuicio a los negocios de la zona que pueda ocasionar
el reconocimiento de que esta especie de plaga ha llegado hasta allí.
La última encuesta del National Youth Gang Center (Centro Nacional de
Bandas Juveniles), revela que en el año 2000 existían más de 24.500 pandillas,
con unos 772.500 miembros activos, repartidos en 3.300 jurisdicciones de todo
EEUU. La mayor parte de estas cifras corresponden a jóvenes descendientes de
latinos. Cabe añadir que no podía ser de otra manera, dado que los hispanos
son hoy la mayor minoría del país y que por lo regular sus condiciones de vida
son precarias.
Viejas causas en un mundo cambiante
Las causas de siempre para la violencia pandillera se encuentran en la pobreza,
la escasez de buenos empleos, disfunciones educativas y desde luego en la descomposición
familiar de los directamente afectados. Estas condiciones se cumplen hoy en
el caso de la mayoría de los latinos en EEUU.
Quienes están en contacto directo con la calle, como el investigador policial
californiano Al Valdéz, constatan que el problema más bien reside en "la crisis
de identidad que sufren estos chicos, que no se sienten como plenamente americanos,
porque el país no les está haciendo sitio. Tampoco pueden basarse en sus padres,
debido a su forma de pensar es anticuada, que a menudo no hablan inglés". Son
estas las quejas de unos jóvenes que sí hablan inglés y que comprueban diariamente
cómo la cultura latina de sus padres es percibida como distinta y extraña, por
parte de quienes en la sociedad poseen cierto estatus. Si para estos adolescentes
es difícil identificarse o emular a quienes te miran como alguien ajeno, cuando
no inferior, sin embargo es muy fácil adoptar las indumentarias, gestos y actitudes
de las bandas juveniles, en busca permanente de algo de respetabilidad, como
ellos.
El caso es que hoy, en algunos lugares como Chicago, los procesos de "iniciación"
están llegando a edades tan tempranas como los 9 años. Chicos y chicas, en su
afán de sentirse incluidos, de pertenecer a algo, llegan a menudo a cometer
los actos más violentos, para ganar el prestigio suficiente y ser aceptados
en la pandilla, o incluso sólo por conseguir algo de visibilidad.
Un problema de ida y vuelta
El inusual nivel de violencia que en algunas pandillas se está alcanzado, se
explica en parte por un fenómeno de importación y exportación de un país a otro.
En un artículo publicado en el NY Times por Matthew Brzezinski (titulado
Hillbangers) se nos describe el proceso de una banda de salvadoreños,
la MS-13, desde sus inicios: al llegar a EEUU más de un millón de refugiados
procedentes de la sangrienta guerra de El Salvador. "Muchos vinieron literalmente
caminando hasta aquí. Se instaron al principio en el barrio de Rampart, en Los
Angeles, donde no fueron bien recibidos por la comunidad hispana ya existente",
cuenta Brzezinski. Especialmente las bandas mexicanas se ensañaron con ellos
y, "como hicieran los irlandeses antes que ellos, los salvadoreños formaron
bandas para protegerse". Al acabar la guerra en este país centroamericano, llegó
una segunda ola de inmigrantes, esta vez con veteranos de ambos lados del conflicto,
con su entrenamiento en armas y sus terribles experiencias. Esto tuvo una inmediata
influencia negativa en el MS-13, cuyos componentes pasaron, de pelear exclusivamente
con otras bandas rivales, al asesinato indiscriminado de policías y civiles.
Para las bandas, hasta un par de décadas antes había regido un código no escrito
de comportamiento, que descartaba ciertas acciones, como disparar frente a iglesias
y hogares, Pero esos límites ahora parecen haber desaparecido.
Para colmo, la deportación, un recurso al que las autoridades han recurrido
con frecuencia en su lucha contra el crimen en las pandillas hispanas, está
produciendo en toda América Central un problema de proporciones epidémicas.
Con las repatriaciones, las pandillas previamente existentes en esos países
latinos han incorporado estructuras y procedimientos importadas de las bandas
norteamericanas, produciendo además una proliferación sin precedentes entre
la juventud. A su vez, los gobiernos centroamericanos han reaccionado recientemente
con una política de "Mano Dura", convirtiendo en delito el simple hecho de pertenecer
a una pandilla, con penas de hasta 12 años de cárcel. Algo que puede a su vez
afectar a EEUU, puesto que, como es previsible, muchos de estos pandilleros
querrán hacer sus maletas rumbo al norte.
Y de la ciudad, al campo
Existe un punto en el que los pandilleros latinos se distinguen de los de cualquier
otra procedencia: muchos de ellos trabajan. Tim Carter, sheriff del condado
rural de Shenandoah en Virginia, entrevistado por Brzezinski , explica: ''lo
que me sorprendió es que un montón de estos sujetos (miembros del MS-13) tenían
trabajos. Eran capaces de hacerse 50 horas en la planta de pollos, y después
conducir el fin de semana hasta las Carolinas para hacerse con un cargamento
de metanfetaminas".
Si antes las grandes ciudades eran las encargadas de acoger grandes masas de
trabajadores, que no necesitaban cualificación alguna, ni dominio del inglés,
ahora el rápido crecimiento de las industrias alimentarias y los conglomerados
agrícolas han ido desplazando a la emigración y la mano de obra barata hacia
las zonas rurales. Se trata de una fuerza de trabajo frecuentemente ilegal,
procedente del sur de la frontera, que malvive apiñada en lugares aislados,
que con frecuencia buscan un fácil consuelo en el alcohol y las drogas. Es aquí
donde aparecen de nuevo las pandillas, para quienes el tráfico es uno de los
principales recursos. Pero además, estos territorios fuera de la ciudad, con
más espacio y menos policía, también son un terreno ideal para convertirse en
"jefe" en poco tiempo. Basta con reclutar unos cuantos muchachos granjeros,
algo improbable allá en los núcleos urbanos, donde las bandas viven en una feroz
competencia. A estas zonas, también acuden muchos exconvictos, interesados en
eludir las restricciones de sus barrios de procedencia.
Para las autoridades rurales, echar de allí a los indeseables, normalmente significa
tan sólo que reaparecerán un poco más allá, pasándole el problema a otro, sin
saber cuándo les tocará a ellos ser los receptores otra vez. En algunas experiencias
de expulsión, como la del condado de Toombs, Georgia, se tuvo que dar marcha
atrás. Allí en, Toombs el INS realizó cientos de detenciones entre los ilegales:
como consecuencia se paralizaron las plantas procesadoras de la zona y estuvo
a punto de perderse toda la cosecha de sus famosas cebollas vidalia.
Ante el clamor de los empresarios, tuvieron que "permitirles" que volvieran
al trabajo.
La familia en el centro
En busca acuciante de causas y soluciones, los distintos puntos de vista parecen
coincidir en un mismo lugar: la familia.
El Instituto Manhattan, uno de los autodenominados think tanks (tanques
de pensamiento) conservadores, ofrece las siguientes cifras: "en California,
el 67% de los hijos de hispanos nacidos en EEUU vivían en 1990 en una familia
sin descomponer . En 1999 esa cifra descendió al 56%. A nivel nacional, los
hogares mono-parentales constituían en 1980 el 25% de todos los hogares hispanos.
En el 2000 la proporción había ascendido al 34%".
La organización Homies Unidos, dedicada a combatir la violencia pandillera a
nivel internacional y fundada por antiguos miembros de bandas, señala que "unas
familias fuertes, son clave en la prevención de la violencia". Coincide en esto
otra entidad tan partidaria de la tolerancia cero como indica su propio nombre,
Gangs or Us (traducible por "O las bandas o nosotros"): "muchos se unen
a las bandas porque no tienen, o sienten que no tienen, una vida familiar. La
pandilla promete dar esa sensación de familia a los jóvenes. Otros lo
hacen por presión de sus pares, en busca de sensaciones excitantes, por dinero
o por intimidación. Pero cualquiera que sea la razón, un padre o madre debe
reconocer los signos que identifican la pertenencia a una pandilla, para hacer
todo esfuerzo posible que pueda mantener o devolver al joven en su verdadera
familia".
Desde Aurora, segunda mayor ciudad de Illinois, ante la muerte reciente de dos
jóvenes pandilleros, el director del Concejo Latino, Fernando Chapa, se lamenta
en el periódico local La Raza: "¿Y dónde están las familias? Si las familias
saben que tienen un hijo involucrado en esta clase de problema, no deberían
tener miedo de contarle a alguien que necesitan ayuda". Pero no es difícil encontrar
explicación a este silencio: el miedo a la deportación; aunque en muchos casos
la policía asegure que no va a llamar a las autoridades de inmigración, quien
no tiene papeles normalmente no se fía. "Necesitamos más policías hispanos",
dice en el mismo medio el concejal de distrito David Márquez. "Si la población
latina de esta ciudad está entre el 36% y el 40%, el número de agentes de policía
latinos y bilingües debería ser entre el 30% y 40%".
Más allá del terreno policial, también parece que es posible contar con otra
clase de intermediarios entre los pandilleros y sus propias familias. Es el
caso del padre Narciso Díaz, quien realiza un serio trabajo de re-integración
de los miembros de bandas en su área, con la estrecha colaboración de varias
agencias de servicios sociales (ver el reportaje de la Sección Nuestra
Gente: “Dos iglesias, una misión”).
Por tanto, es probable que si los hispanos de EEUU hubieran podido salir de
la precariedad de ingresos que les ha persiguido hasta ahora, generación tras
generación, hoy no estaríamos hablando de pandillas hispanas. Después de todo,
como dice el director del Proyecto Historia de los Gangs en Chicago (www.uic.edu/orgs/kbc)
prof. John Hagedorn, "la historia de los gangs es algo más que una historia
de crimen, drogas y violencia. Es una historia de inmigrantes y emigrantes,
vecinos y nacionalidades, industria y desindustrialización, trabajadores y empresarios,
rebelión y resignación, nihilismo y política. Es una historia que persistirá
mientas persistan los ghettos".
Dentro de la Iglesia, muchos piensan que ésta no puede mantenerse ajena a un
problema de tal magnitud para la sociedad entera, que las parroquias deben ofrecer
alternativas a los jóvenes, en un esfuerzo pastoral, y acercarse a las familias,
para colaborar con ellas en la solución de sus problemas.