por Víctor Ruiz
Para los historiadores, los llamados
gangs son un fenómeno de larga existencia, que
empieza hace un siglo y medio en los ghettos
de grandes ciudades como Chicago y Los Angeles. Sin
embargo, para algunos sociólogos -y muchos más criminólogos-
las bandas juveniles,también llamadas maras,
son un fenómeno que no ha hecho más que empezar, que
se ha ido extendido a las áreas rurales y turísticas,
y que las fronteras no son ya capaces de contener. Se
sospecha además que, si muchas autoridades locales no
dan mayor difusión al problema, es por el perjuicio
a los negocios de la zona que pueda ocasionar el reconocimiento
de que esta especie de plaga ha llegado hasta allí.
La última encuesta del National Youth Gang Center
(Centro Nacional de Bandas Juveniles), revela que
en el año 2000 existían más de 24.500 pandillas, con
unos 772.500 miembros activos, repartidos en 3.300 jurisdicciones
de todo EEUU. La mayor parte de estas cifras corresponden
a jóvenes descendientes de latinos. Cabe añadir que
no podía ser de otra manera, dado que los hispanos son
hoy la mayor minoría del país y que por lo regular sus
condiciones de vida son precarias.
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Viejas causas en un mundo cambiante
Las causas de siempre para la violencia pandillera se
encuentran en la pobreza, la escasez de buenos empleos,
disfunciones educativas y desde luego en la descomposición
familiar de los directamente afectados. Estas condiciones
se cumplen hoy en el caso de la mayoría de los latinos
en EEUU.
Quienes están en contacto directo con la calle, como
el investigador policial californiano Al Valdéz, constatan
que el problema más bien reside en "la crisis de identidad
que sufren estos chicos, que no se sienten como plenamente
americanos, porque el país no les está haciendo sitio.
Tampoco pueden basarse en sus padres, debido a su forma
de pensar es anticuada, que a menudo no hablan inglés".
Son estas las quejas de unos jóvenes que sí hablan inglés
y que comprueban diariamente cómo la cultura latina
de sus padres es percibida como distinta y extraña,
por parte de quienes en la sociedad poseen cierto estatus.
Si para estos adolescentes es difícil identificarse
o emular a quienes te miran como alguien ajeno, cuando
no inferior, sin embargo es muy fácil adoptar las indumentarias,
gestos y actitudes de las bandas juveniles, en busca
permanente de algo de respetabilidad, como ellos.
El caso es que hoy, en algunos lugares como Chicago,
los procesos de "iniciación" están llegando a edades
tan tempranas como los 9 años. Chicos y chicas, en su
afán de sentirse incluidos, de pertenecer a algo, llegan
a menudo a cometer los actos más violentos, para ganar
el prestigio suficiente y ser aceptados en la pandilla,
o incluso sólo por conseguir algo de visibilidad.
Un problema de ida y vuelta
El inusual nivel de violencia que en algunas pandillas
se está alcanzado, se explica en parte por un fenómeno
de importación y exportación de un país a otro. En un
artículo publicado en el NY Times por Matthew
Brzezinski (titulado Hillbangers) se nos describe
el proceso de una banda de salvadoreños, la MS-13, desde
sus inicios: al llegar a EEUU más de un millón de refugiados
procedentes de la sangrienta guerra de El Salvador.
"Muchos vinieron literalmente caminando hasta aquí.
Se instaron al principio en el barrio de Rampart, en
Los Angeles, donde no fueron bien recibidos por la comunidad
hispana ya existente", cuenta Brzezinski. Especialmente
las bandas mexicanas se ensañaron con ellos y, "como
hicieran los irlandeses antes que ellos, los salvadoreños
formaron bandas para protegerse". Al acabar la guerra
en este país centroamericano, llegó una segunda ola
de inmigrantes, esta vez con veteranos de ambos lados
del conflicto, con su entrenamiento en armas y sus terribles
experiencias. Esto tuvo una inmediata influencia negativa
en el MS-13, cuyos componentes pasaron, de pelear exclusivamente
con otras bandas rivales, al asesinato indiscriminado
de policías y civiles.
Para las bandas, hasta un par de décadas antes había
regido un código no escrito de comportamiento, que descartaba
ciertas acciones, como disparar frente a iglesias y
hogares, Pero esos límites ahora parecen haber desaparecido.
Para colmo, la deportación, un recurso al que las autoridades
han recurrido con frecuencia en su lucha contra el crimen
en las pandillas hispanas, está produciendo en toda
América Central un problema de proporciones epidémicas.
Con las repatriaciones, las pandillas previamente existentes
en esos países latinos han incorporado estructuras y
procedimientos importadas de las bandas norteamericanas,
produciendo además una proliferación sin precedentes
entre la juventud. A su vez, los gobiernos centroamericanos
han reaccionado recientemente con una política de "Mano
Dura", convirtiendo en delito el simple hecho de pertenecer
a una pandilla, con penas de hasta 12 años de cárcel.
Algo que puede a su vez afectar a EEUU, puesto que,
como es previsible, muchos de estos pandilleros querrán
hacer sus maletas rumbo al norte.
Y de la ciudad, al campo
Existe un punto en el que los pandilleros latinos se
distinguen de los de cualquier otra procedencia: muchos
de ellos trabajan. Tim Carter, sheriff del condado rural
de Shenandoah en Virginia, entrevistado por Brzezinski
, explica: ''lo que me sorprendió es que un montón de
estos sujetos (miembros del MS-13) tenían trabajos.
Eran capaces de hacerse 50 horas en la planta de pollos,
y después conducir el fin de semana hasta las Carolinas
para hacerse con un cargamento de metanfetaminas".
Si antes las grandes ciudades eran las encargadas de
acoger grandes masas de trabajadores, que no necesitaban
cualificación alguna, ni dominio del inglés, ahora el
rápido crecimiento de las industrias alimentarias y
los conglomerados agrícolas han ido desplazando a la
emigración y la mano de obra barata hacia las zonas
rurales. Se trata de una fuerza de trabajo frecuentemente
ilegal, procedente del sur de la frontera, que malvive
apiñada en lugares aislados, que con frecuencia buscan
un fácil consuelo en el alcohol y las drogas. Es aquí
donde aparecen de nuevo las pandillas, para quienes
el tráfico es uno de los principales recursos. Pero
además, estos territorios fuera de la ciudad, con más
espacio y menos policía, también son un terreno ideal
para convertirse en "jefe" en poco tiempo. Basta con
reclutar unos cuantos muchachos granjeros, algo improbable
allá en los núcleos urbanos, donde las bandas viven
en una feroz competencia. A estas zonas, también acuden
muchos exconvictos, interesados en eludir las restricciones
de sus barrios de procedencia.
Para las autoridades rurales, echar de allí a los indeseables,
normalmente significa tan sólo que reaparecerán un poco
más allá, pasándole el problema a otro, sin saber cuándo
les tocará a ellos ser los receptores otra vez. En algunas
experiencias de expulsión, como la del condado de Toombs,
Georgia, se tuvo que dar marcha atrás. Allí en, Toombs
el INS realizó cientos de detenciones entre los ilegales:
como consecuencia se paralizaron las plantas procesadoras
de la zona y estuvo a punto de perderse toda la cosecha
de sus famosas cebollas vidalia. Ante el clamor
de los empresarios, tuvieron que "permitirles" que volvieran
al trabajo.
La familia en el centro
En busca acuciante de causas y soluciones, los distintos
puntos de vista parecen coincidir en un mismo lugar:
la familia.
El Instituto Manhattan, uno de los autodenominados think
tanks (tanques de pensamiento) conservadores, ofrece
las siguientes cifras: "en California, el 67% de los
hijos de hispanos nacidos en EEUU vivían en 1990 en
una familia sin descomponer . En 1999 esa cifra descendió
al 56%. A nivel nacional, los hogares mono-parentales
constituían en 1980 el 25% de todos los hogares hispanos.
En el 2000 la proporción había ascendido al 34%".
La organización Homies Unidos, dedicada a combatir la
violencia pandillera a nivel internacional y fundada
por antiguos miembros de bandas, señala que "unas familias
fuertes, son clave en la prevención de la violencia".
Coincide en esto otra entidad tan partidaria de la tolerancia
cero como indica su propio nombre, Gangs or Us
(traducible por "O las bandas o nosotros"): "muchos
se unen a las bandas porque no tienen, o sienten que
no tienen, una vida familiar. La pandilla promete dar
esa sensación de familia a los jóvenes. Otros
lo hacen por presión de sus pares, en busca de sensaciones
excitantes, por dinero o por intimidación. Pero cualquiera
que sea la razón, un padre o madre debe reconocer los
signos que identifican la pertenencia a una pandilla,
para hacer todo esfuerzo posible que pueda mantener
o devolver al joven en su verdadera familia".
Desde Aurora, segunda mayor ciudad de Illinois, ante
la muerte reciente de dos jóvenes pandilleros, el director
del Concejo Latino, Fernando Chapa, se lamenta en el
periódico local La Raza: "¿Y dónde están las
familias? Si las familias saben que tienen un hijo involucrado
en esta clase de problema, no deberían tener miedo de
contarle a alguien que necesitan ayuda". Pero no es
difícil encontrar explicación a este silencio: el miedo
a la deportación; aunque en muchos casos la policía
asegure que no va a llamar a las autoridades de inmigración,
quien no tiene papeles normalmente no se fía. "Necesitamos
más policías hispanos", dice en el mismo medio el concejal
de distrito David Márquez. "Si la población latina de
esta ciudad está entre el 36% y el 40%, el número de
agentes de policía latinos y bilingües debería ser entre
el 30% y 40%".
Más allá del terreno policial, también parece que es
posible contar con otra clase de intermediarios entre
los pandilleros y sus propias familias. Es el caso del
padre Narciso Díaz, quien realiza un serio trabajo de
re-integración de los miembros de bandas en su área,
con la estrecha colaboración de varias agencias de servicios
sociales (ver el reportaje de la Sección Nuestra
Gente: “Dos iglesias,
una misión”).
Por tanto, es probable que si los hispanos de EEUU hubieran
podido salir de la precariedad de ingresos que les ha
persiguido hasta ahora, generación tras generación,
hoy no estaríamos hablando de pandillas hispanas. Después
de todo, como dice el director del Proyecto Historia
de los Gangs en Chicago (www.uic.edu/orgs/kbc)
prof. John Hagedorn, "la historia de los gangs es algo
más que una historia de crimen, drogas y violencia.
Es una historia de inmigrantes y emigrantes, vecinos
y nacionalidades, industria y desindustrialización,
trabajadores y empresarios, rebelión y resignación,
nihilismo y política. Es una historia que persistirá
mientas persistan los ghettos".
Dentro de la Iglesia, muchos piensan que ésta no puede
mantenerse ajena a un problema de tal magnitud para
la sociedad entera, que las parroquias deben ofrecer
alternativas a los jóvenes, en un esfuerzo pastoral,
y acercarse a las familias, para colaborar con ellas
en la solución de sus problemas.
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