| IMPRIMIR |
| Liz Montes |
- ¿Dónde naciste y recibiste tu formación?
L.M.- Nací en El Paso, Texas, pero crecí en Ciudad Juárez,
México. A los 14 años me trasladé a El Paso, donde aprendí
inglés en el Instituto Lydia Patterson. Era un plantel
escolar metodista, el cual, después de terminar los estudios,
me otorgó una beca para ir a la universidad de Oklahoma.
Obtuve el título de Adjunta de Administración de Ciencias
del Desarrollo y Cuidado del Niño y luego el de Licenciada
en Ciencias de la Administración de Negocios. En 1999
fui con mi familia a Sewanee, TN, para estudiar teología
en la Universidad del Sur. Me gradué en el 2002. Ahora
estoy casada con José A. Montes y tengo cuatro hijos:
Joel Abrahán, José Antonio, Julián Azcary y Jazmín Alexandra.
- ¿Cómo entraste en la Iglesia Episcopal?
L.M.- Fue obra de mi hijo Joel cuando tenía tres años.
Después de haber estado alejada de la Iglesia durante
un año, regresé a la metodista, a la que pertenecí durante
varios años. Mi hijo empezaba a ir a la escuela preescolar
de la iglesia episcopal de San Lucas en La Unión, Nuevo
México. Allí iba a la capilla cada viernes. A Joel le
encantaba cantar y rezar por su abuelito, que llevaba
dos años enfermo en cama. También pedía por sus animales
y por los miembros de su familia que tenían problemas.
El sacerdote de la parroquia se enteró de estos problemas.
Me pidió permiso para visitarnos. Le dije que sí, pero
que lo más necesario para mí era que hablara con mi padre,
que se negaba a recibir a nadie que no fuera católico
romano. El padre John Zachritz me dijo: "Liz, seré lo
más católico que pueda para tu padre". Mi padre lo aceptó
y pudo desahogar su alma y encomendarse a Dios para un
buen morir.
Conté al padre John cómo Joel se resistía a ir a la iglesia
metodista y cómo insistía en que debíamos ir a su parroquia.
El padre nos invitó a su iglesia.
A mí y a mi esposo nos agradó y empezamos a ir con regularidad.
Joel me decía: "mami, Dios me dice que tú debes ir a la
iglesia, leer la Biblia y hablar con la gente". Pensaba
yo: “este niño no me va a dejar en paz”. Joel insistía
que Dios le había dado ese mensaje para mí cuando tenía
apenas dos años y medio. Pensé que alguien lo estaba aconsejando.
Después de investigar me convencí de que Dios me estaba
hablando por medio de mi hijo.
Así fue como nos unimos a la iglesia episcopal. Pronto
me di cuenta del llamado especial de Dios. El padre Juan
me ayudó a discernir mi vocación sacerdotal. Después de
un año, Dios proporcionó los medios y el apoyo espiritual
de la parroquia, y fui al seminario.
- ¿Dónde ejerces tu apostolado y qué haces?
L.M.- Se me han asignado dos congregaciones: la iglesia
de san George en Port Arthur y la del Centro de san Mateo
en el campo universitario de Beaumont. En la parroquia
de san George la gente está contenta de formar parte de
una comunidad donde se usa más de un idioma. Aquí hay
gente de varios países: vietnamitas, americanos nativos
(indios), afro-americanos, nicaragüenses, salvadoreños,
costarricenses, dominicanos y mexicanos. Un domingo los
acólitos, en la misa, representaban a casi todos los grupos
raciales de la congregación: uno rubio, dos morenos, una
niña de color...
En la capellanía de san Mateo trato con estudiantes provenientes
de muchas naciones. Aprendo mucho de sus tradiciones y
religiones. Al conocerles más a fondo me he dado cuenta
de la belleza tan grande del ser humano, sin importar
su origen.
- ¿Qué nos puedes contar de tu apostolado?
L.M.- El ministerio hispano episcopal es necesario para
nuestra gente. Muchos no tienen iglesia donde ir. Buscan
una comunidad de la cual puedan formar parte y sentirse
en familia. A los que vienen la primera vez, se les ofrece
la oportunidad de entablar amistad con gente de fuera
de su mismo grupo.
Cuando los líderes anglosajones y latinos de san George
se enteraron de que yo iría a trabajar con ellos, se reunieron
para hablar sobre la posibilidad de separarse y formar
dos grupos: uno español y otro inglés. A los hispanos,
lo mismo que a los americanos, no les gustó la idea. Preferían
permanecer unidos en un solo grupo, aprendiendo los unos
de los otros. Las mujeres del barrio se alegraron de que
yo fuera hispana, así tendrían a alguien con quien desahogar
sus problemas en español.
- ¿Qué dificultades encuentras en tu apostolado?
L. M.- Una de ellas es mi inexperiencia. Al leer libros
sobre este tema, cada cual ofrece una opinión. Mencionan
que este apostolado es duro. Dicen que uno aprende solo.
Veo que todos tienen algo de razón.
He descubierto que somos un grupo muy diverso. Tenemos
culturas diferentes, costumbres diferentes. En ocasiones
he sido testigo de la rivalidad de grupos latinos, por
ser de aquí o de allá. Pero he visto cómo con amor cambian
su manera de ver las cosas y mejora el ambiente.
Mi caso como mujer hispana me ha brindado la oportunidad
de ver que el estereotipo de que los hombres latinos son
machistas es sólo eso. Me han aceptado muy bien. Las mujeres
han tomado más tiempo en confiar en mí, pero ya hemos
empezado a formar una buena relación.
- ¿Qué provecho crees que puede ofrecer este ministerio
hispano?
L.M.- El de crecer en la fe, al ver los milagros que Dios
hace entre la gente. Cuando veo sus necesidades, pido
a Dios que guíe mis pasos a donde pueda encontrar medios
para ayudarlos. Hay personas anglosajonas de noble corazón
que quieren ayudar y están dispuestas a enseñar de la
manera que les sea posible. El racismo sin duda existe,
pero si enseñamos a los pequeños que Dios nos quiere por
igual, este mundo será un lugar en el cual viviremos como
verdaderos hijos de Dios.
- ¿Cómo ves el futuro del ministerio hispano a corto
y a largo plazo?
L.M.-A corto plazo, parecerá no crecer tan rápido como
se desea. Pero ahora se está estableciendo el cimiento
de lo que un día será un ministerio bien desarrollado.
El hispano es desconfiado por naturaleza, ¿quién lo puede
culpar? Se le tiene que demostrar que uno en verdad es
sincero y de fiar. Cuando uno les demuestra la buena voluntad
de la iglesia, vienen.
A largo plazo veo un futuro muy bueno porque estoy convencida
de que Dios lo ha decidido así.