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El "deseo de ser como dioses" es la más profunda
de todas las inclinaciones que impulsan al ser humano.
Aunque no sea patente en nuestro actuar, se manifiesta
como sucedáneo en el afán de acumular dinero, de conquistar
la fama, o de lograr poder.
Nada más cercano a la divinidad que el ser poderoso.
Todos los logros obtenidos en esta tierra desaparecerán.
El de seguir en control, en cierto modo, creo yo, se
ha de escabullir y logrará pasar a la otra vida. Pero
dejemos un futuro que no conocemos y reflexionemos sobre
el pasado.
Es importante conocer la historia para aprender de
ella y enderezar nuestros pasos. El ejercicio descontrolado
de poder ha acarreado tantos males a la humanidad que
bien pudiéramos estar avergonzados. Sin embargo no hemos
aprendido la lección. La casi totalidad de las injusticias
que flagelan hoy a la humanidad es debida al abuso del
poder.
Por desgracia, dicho mal no es ajeno a las religiones.
Incluso, tras hacer votos de obediencia y sumisión,
ese profundo deseo se manifiesta con pujanza. Jesús
mismo lo notó en sus discípulos. Una buena tarde, camino
de Cafarnaún, los discípulos de Jesús mantuvieron una
acalorada discusión sobre quién llevaría las riendas
en el reinado del Maestro. Jesús les amonesta con un
consejo paradójico: "Si uno quiere ser el primero,
sea el último de todos y el servidor de todos"
(Mc 9,35). Los primeros discípulos cumplieron con ese
mandato. Pero el correr del tiempo debilita las buenas
intenciones, y así "el deseo de ser como dioses"
se metió solapadamente en la Iglesia. Y lo hizo con
todo vigor. Hubo papas cuya ilusión fue imitar a Julio
César. Otros se arrogaron poder universal. Con ellos
entraron en la Iglesia un cúmulo incontable de calamidades
que la han agobiado hasta el presente.
Esa tiranía encarceló la verdad. Una verdad que debiera
hacernos libres. Quienes mandaron se convirtieron en
dioses perversos y persiguieron y mataron y prohibieron
toda clase de derechos. Hoy, cuando el pueblo empieza
a conquistar sus libertades descubre con horror el engaño
del pasado. Y se descubre que los perseguidos y maltratados
tenían la razón.
Por ello, hemos de abogar por un diálogo limpio, claro
y diáfano, en el que quepan todas las opiniones, pues
no sabemos con certeza donde se encuentra la verdad
que nos trae la libertad.
Isaías A. Rodríguez
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