El Viernes Santo
no se celebraba en un principio. Los primeros cristianos
consideraban la Pascua cristiana como una fiesta que comprendía
la muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, a finales
del siglo IV la peregrina Egeria describe la observancia
de este día con una ceremonia que transcurría desde las
ocho de la mañana hasta el mediodía. Los diáconos llevaban
una caja decorada en oro, en la que se guardaba un trozo
de madera que se consideraba había sido de la auténtica
cruz sobre la que murió Jesús; el trozo se exponía junto
con la inscripción de la cruz, sobre una mesa cubierta
con un paño y colocada en el patio de la basílica del
Martirio. El obispo lo sostenía y los fieles lo veneraban.
Continuaba el servicio con lecturas e himnos, hasta las
tres de la tarde. Luego entraban en la basílica para llevar
a cabo otro acto religioso y finalmente iban a la tumba,
en donde se daba lectura de la narración del entierro
del Evangelio de Juan (Jn 19,38-42).
En el siglo VII se llevaron reliquias de la cruz a Roma
y se introdujo el ceremonial del Viernes Santo. Otras
iglesias fueron adquiriendo trozos de la madera considerada
como la auténtica cruz y empezaron a observar ritos como
el de Jerusalén. Finalmente, la práctica se extendió incluso
a iglesias que no contaban con ninguna reliquia de la
cruz.
Llegados a este punto, se ha de notar que ni el trozo
de madera venerado por los fieles, ni las primeras cruces
contenían imagen alguna de Cristo. De hecho, en las dos
últimas semanas de Cuaresma, se empezó a cubrir las cruces
porque algunas estaban decoradas con alhajas. Se descubrían
en el servicio solemne del Viernes Santo. Así pues, la
historia demuestra que la antigua costumbre se centraba
en venerar una reliquia de la cruz, y no al propio Cristo
o crucifijo.
El culto de este día está compuesto por tres partes: la
liturgia de la palabra, la veneración de la Cruz, y la
comunión, recibida de los elementos consagrados en la
misa del día de Jueves Santo.
En este día ha sido tradicional predicar acerca de las
siete palabras o frases pronunciadas por Jesús
en la cruz. Aunque no conocemos el origen cierto de esta
devoción, sí sabemos que el jesuita Roberto Belarmino
(1542-1621) escribió un libro sobre las mismas. Los jesuitas
llevaron la costumbre al Nuevo Continente y difundieron
la devoción con ocasión de un terremoto que tuvo lugar
en Lima en l687. Posteriormente, se convirtió en un acto
religioso de tres horas, que va del mediodía hasta las
tres de la tarde. En el servicio de las siete palabras
se predicaba sobre estas frases: "Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). "Hoy
estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43). "He
aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre" (Jn 19,26). "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt
27,46). "Tengo sed" (Jn 19,28). "Todo está consumado"
(Jn 19,30). "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"
(Lc 23,46). Si bien este servicio se suspendió oficialmente
en los años sesenta del siglo pasado, muchas iglesias
continúan practicando alguna fórmula parecida de meditación
sobre alguno de esos pasajes bíblicos.
Durante la devoción se intercalan himnos, oraciones y
momentos de silencio para reflexionar. Otras devociones
populares de este día han sido: celebrar el encuentro
entre Jesús y su madre en el camino del Calvario, el
servicio del santo entierro, y la procesión de
las tres caídas. Normalmente estas costumbres forman
parte del acto del Vía Crucis.
(Tomado del libro: Introducción al Culto, por
Isaías A. Rodríguez)
Volver |