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El Vía Crucis es una devoción
muy antigua, observada en un principio por los peregrinos
que llegaban a Jerusalén. Consiste en recorrer un itinerario
jalonado de representaciones, llamadas estaciones, de
las etapas del camino que va del palacio de Pilato al
Calvario, deteniéndose para meditar y rezar en cada
una de las estaciones.
El Via Crucis, después de haber comprendido un número
variable de estaciones, quedó reducido a catorce desde
las Advertencias del papa Clemente XII (1731)
confirmadas por Benedicto XIV (1742).
De las catorce estaciones ocho están basadas directamente
en textos bíblicos. Las seis restantes (3,4,6,7,9 y
13) no tienen base escriturística sino tradición piadosa.
Recientemente, por los años sesenta del siglo pasado,
con la reforma efectuada por el Concilio Vaticano II,
dando capital importancia a la resurrección de Cristo,
se habló de incluir otra para recordar tan tanscendental
evento.
La devoción fue propagada sobre todo por los franciscanos
a partir de los siglos XIV-XV. Se han conocido, a través
de la historia, infinidad de versiones, la mayoría enfatizando
el aspecto emocional. Por ello, la tendencia moderna
y más sana, ha sido el acercarse lo más posible al texto
bíblico.
Este ejercicio piadoso es más apropiado en Cuaresma,
durante los viernes que en cualquier otra época del
año.
En el Vía Crucis que presentamos nos hemos adaptado
lo más posible a la lectura bíblica y nos hemos guiado
por el incluido en el Ritual para ocasiones especiales
pero aquí hemos añadido las citas bíblicas y actualizado
la traducción.
Se pueden cantar canciones apropiadas. Perdona a
tu pueblo, Señor es una de las más conocidas y que
más se presta al contexto de este ejercicio piadoso.
Isaías A. Rodríguez
EJERCICIO DEL VIA CRUCIS
Devoción inicial
Ministro: En el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
Pueblo: Amén.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Ministro: Nos gloriamos en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo:
Pueblo: En él está nuestra salvación, vida
y resurrección.
Oremos (silencio)
Asístenos misericordiosamente con tu ayuda, Dios de
nuestra salvación, para que entremos con júbilo en la
contemplación de aquellos poderosos eventos por medio
de los cuales nos concediste vida e inmortalidad. Por
Jesucristo nuestro Salvador.
Amén.
Primera estación
Jesús es condenado a muerte.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los
ancianos del pueblo celebraron consejo para condenar
a Jesús a muerte. Lo ataron, lo condujeron y lo entregaron
a Pilato, el gobernador (Mt 27,1-2). Todos le condenaron
diciendo: "Merece morir". Cuando Pilato oyó estas palabras
llevó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal en el
lugar llamado Enlosado, (en hebreo Gabbata), (Jn 19,13).
Entonces les entregó a Jesús para que lo crucificaran.
Ministro: Dios no perdonó a su propio Hijo:
Pueblo: Antes lo entregó por todos nosotros.
Oremos (silencio)
Dios todopoderoso, cuyo muy amado Hijo antes de ascender
al gozo de tu presencia y entrar en la gloria tuvo que
padecer y ser crucificado, concédenos, por tu misericordia,
que caminando por la vía de la cruz, no encontremos
en ella otro camino que el que conduce a la vida y a
la paz. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Segunda estación
Jesús carga con la cruz.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
Jesús salió cargado él mismo con la cruz hacia un lugar
llamado La Calavera (en hebreo Gólgota) (Jn 19, 17).
Y aunque era Hijo, aprendió obediencia por el sufrimiento.
Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda
ante el esquilador no abría la boca (Is 53,7). El Cordero
que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas,
la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la
alabanza.
Ministro: El Omnipotente le cargó con nuestras
iniquidades:
Pueblo: Murió por nuestros pecados.
Oremos (silencio)
Dios todopoderoso cuyo amado Hijo sufrió voluntariamente
la agonía y el oprobio de la cruz por nuestra redención,
danos valor para tomar nuestra cruz y seguirle. Que
vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo inmortal
Ten piedad de nosotros.
Tercera estación
Jesús cae por primera vez.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo
alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí
y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante
al ser humano. Y mostrándose en figura humana se humilló,
se hizo obediente hasta la muerte, una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le concedió un título superior
a todo título para que, ante el título de Jesús, toda
rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo;
y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre:
¡Jesucristo es Señor! (Flp 2, 6-11).
Ministro: Ciertamente llevó nuestras aflicciones:
Pueblo: Y sufrió nuestros dolores.
Oremos (silencio)
Oh Dios que sabes que debido a nuestra fragilidad humana
no podemos hacer frente a todos los peligros que nos
acechan, concédenos la fortaleza y la protección necesarias
para sostenernos en todo peligro y triunfar sobre toda
tentación. Por Jesucristo nuestra salvación. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Cuarta estación
Jesús encuentra a su madre.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén? ¿Con quién
te compararé para consolarte, oh virgen, hija de Sión?
Porque grande como el mar es tu quebrantamiento. Bienaventurados
los que lloran porque serán consolados. El salvador
será tu luz eterna y los días de duelo terminarán.
Ministro: Una espada te atravesará (Lc 2, 35):
Pueblo: Y llenará tu corazón de dolor amargo.
Oremos (silencio)
Oh Dios pues quisiste que en la pasión de tu Hijo una
espada de aflicción traspasara el alma de la bendita
Virgen María, su madre, concede misericordiosamente
que tu Iglesia, habiendo participado con ella en su
pasión, sea digna de participar en el gozo de su resurrección.
Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Quinta estación
Simón de Cirene ayuda a llevar la cruz a Jesús.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
Cuando lo conducían, echaron mano de un tal Simón de
Cirene, que volvía del campo, y le pusieron encima la
cruz para que la llevara detrás de Jesús (Lc 23, 26).
Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su
cruz y sígame (Mc 8,34). Venid a mí, los que andáis
cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28).
Ministro: El que no lleva su cruz y me sigue:
Pueblo: No puede ser mi discípulo.
Oremos (silencio)
Padre celestial, cuyo bendito Hijo no vino a ser servido
sino a servir, bendice a los que, siguiendo sus pasos,
se entregan al servicio de los demás, para que con sabiduría,
paciencia y valor ayuden en el nombre de Jesús a los
que sufren, a los desamparados, y a los necesitados.
Por aquél que dio su vida por nosotros, tu Hijo nuestro
Salvador. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Sexta estación
Una mujer limpia el rostro de Jesús.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras
miradas ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y
evitado de la gente, un hombre hecho a sufrir, curtido
en el dolor, al verlo se tapaban la cara; despreciado,
lo tuvimos por nada; a él, que soportó nuestros sufrimientos
y cargó con nuestros dolores, lo tuvimos por un contagiado,
herido de Dios y afligido. Él, en cambio, fue traspasado
por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Sobre él descargó el castigo que nos sana y con sus
cicatrices nos hemos curado (Is 53, 2-5).
Ministro: Restáuranos, oh Dios de los ejércitos.
Pueblo: Muestra la luz de tu rostro, y seremos
salvos.
Oremos (silencio)
Oh Dios, que antes de la pasión de tu unigénito Hijo,
revelaste su gloria en el monte santo, concede que,
al contemplar con fe la luz de su rostro seamos fortalecidos
para llevar nuestra cruz y seamos transformados a su
imagen de gloria en gloria. Por Jesucristo nuestro Salvador.
Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Séptima estación
Jesús cae por segunda vez.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Ciertamente él soportó nuestros sufrimientos y cargó
con nuestros dolores. Todos errábamos como ovejas, cada
uno por su lado. El Señor cargó sobre él todos nuestros
crímenes. Maltratado, aguantaba, no abría la boca. Lo
arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados
de mi pueblo lo hirieron (Is 53,6-8).
Ministro: Pero yo soy un gusano, no un ser humano.
Pueblo: Afrenta de la gente, despreciado del
pueblo (Sal 22, 7).
Oremos (silencio)
Dios omnipotente y eterno, que en tu tierno amor hacia
el género humano enviaste a tu Hijo, nuestro salvador
Jesucristo, para que asumiera nuestra naturaleza y padeciera
muerte en la cruz, mostrándonos ejemplo de gran humildad,
concédenos, en tu misericordia, que caminemos por el
sendero de su padecimiento y participemos también en
su resurrección. Quien vive y reina por los siglos de
los siglos. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Octava estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres
llorando y lamentándose por él. Jesús se volvió y les
dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad
por vosotras y por vuestros hijos" (Lc 23, 27-28).
Ministro: Los que sembraron con lágrimas:
Pueblo: Con regocijo segarán.
Oremos (silencio)
Oh Dios enseña a tu pueblo a llorar por los pecados
de que es culpable, y a arrepentirse y a olvidarlos,
para que, por medio de tu gracia indulgente, el fruto
de nuestras iniquidades no recaiga sobre nuestros hijos
ni los hijos de nuestros hijos. Por Jesucristo nuestro
redentor. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Novena estación
Jesús cae por tercera vez.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos:
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al
mundo.
Yo soy quien he visto aflicción bajo la vara de su enojo.
Me guió y me llevó a las tinieblas y donde no hay luz.
Me asedió, y me rodeó de amargura y de trabajo. Me dejó
en la oscuridad como a los difuntos de tiempo inmemorable.
Aún cuando grité y pedí ayuda, no me escuchó. Mis dientes
rechinaron como el cascajo, me cubrió de ceniza. ¡Acuérdate,
oh Señor, de mi aflicción y de mi abatimiento, del ajenjo
y de la hiel!
Ministro: Como cordero fue llevado al matadero:
Pueblo: Y como oveja ante sus esquiladores enmudeció
y no abrió la boca (Is 53, 7).
Oremos (silencio)
Oh Dios que por la pasión de tu bendito Hijo convertiste
un instrumento de muerte vergonzosa en medio de salvación,
concede que de tal modo nos gloriemos en la cruz de
Cristo, que suframos con alegría la vergüenza y la privación
por causa de tu Hijo nuestro salvador Jesucristo. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron
su ropa y la dividieron en cuatro porciones, una para
cada soldado; aparte la túnica. Era una túnica sin costuras,
tejida de arriba abajo, de una pieza. Así que se dijeron:
"No la rasguemos; echémosla a suerte, para quien le
toque". (Así se cumplió lo escrito: Se repartieron mis
vestidos y se sortearon mi túnica) (Jn 19, 23-24).
Ministro: Hiel me dieron a comer:
Pueblo: Y cuando tuve sed me dieron a beber vinagre
(Mt 27,48 y Sal 69, 22).
Oremos (silencio)
Oh Dios, cuyo bendito Hijo nuestro salvador entregó
su cuerpo a los azotes y su rostro al esputo, otórganos
tu gracia para soportar con gozo los sufrimientos de
esta vida temporal, confiados en la gloria que ha de
ser revelada. Por Jesucristo nuestro salvador. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Undécima estación
Jesús es crucificado.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, los Crucificaron
a él y a dos malhechores: uno a la derecha y otro a
la izquierda (Lc 23,3) y Jesús entre ellos. Y se cumplió
lo escrito: "Y fue contado entre los pecadores" (Is
53, 12).
Ministro: Horadaron mis manos y mis pies:
Pueblo: Se recrean contemplando (Sal 22,
18).
Oremos (silencio)
Oh Jesús que extendiste los brazos amorosos sobe el
cruel madero de la cruz para estrechar a toda la humanidad
en un abrazo salvífico, revístenos con tu Espíritu de
tal manera que extendiendo nuestras manos con amor,
llevemos a quienes no te conocen a conocerte y amarte.
Por el honor de tu nombre. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Duodécima estación
Jesús muere en la cruz.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre. Jesús, viendo
a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a
su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Después dice
al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19,25-27).
Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: "Todo está cumplido".
Inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Jn 19, 30).
Ministro: Cristo se hizo obediente hasta la muerte
por nosotros:
Pueblo: Y muerte de cruz.
Oremos (silencio)
Oh Dios, que por nuestra redención entregaste a tu unigénito
Hijo a la muerte de cruz, y por su resurrección gloriosa
nos libraste del poder de nuestro enemigo, concédenos
morir diariamente al pecado de tal manera que vivamos
siempre con él, en el gozo de su resurrección. Quien
vive y reina ahora y por siempre. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Decimatercera estación
Jesús muerto en los brazos de su madre.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Todos los que pasáis, mirad y ved si hay dolor como
el mío. Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron
mis entrañas, mi corazón se derritió en dolor a causa
de la caída de mi pueblo. No me llaméis Noemí (que significa
hermosa). Llamadme Mara (que significa amarga), porque
el Todopoderoso me ha llenado de amargura (Rut 1, 20).
Ministro: Lágrimas ruedan por sus mejillas:
Pueblo: No hay quien la consuele.
Oremos (silencio)
Oh Señor Jesucristo que con tu muerte quitaste el aguijón
de la muerte, concede a tus siervos que caminemos de
tal modo en fe a donde nos has precedido, que al fin
durmamos apaciblemente en ti, y despertemos a tu semejanza.
Por amor de tu tierna misericordia. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Decimacuarta estación
El cuerpo de Jesús es colocado en el sepulcro.
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea,
llamado José, que era discípulo clandestino de Jesús,
pidió permiso a Pilato para llevarse el cadáver de Jesús.
Pilato se lo concedió. Y fue y se llevó el cadáver.
Lo envolvieron en lienzos con los perfumes (Jn 19,38-42).
Lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después
hizo rodar una piedra a la boca del sepulcro (Mc 15,
46).
Ministro: No me abandonarás en el sepulcro:
Pueblo: Ni permitirás que tu Santo vea la corrupción.
Oremos (silencio) Oh Dios, tu bendito Hijo fue colocado
en la tumba en un huerto, y descansó en el día del sábado,
concede que los que hemos sido sepultados con él en
las aguas del bautismo, encontremos el descanso perfecto
en su eterno y glorioso reino, donde vive y reina por
los siglos de los siglos. Amén.
Todos:
Santo Dios,
Santo Poderoso,
Santo Inmortal.
Ten piedad de nosotros.
Oración final ante el altar
Oh Salvador del mundo, que por tu cruz y preciosa sangre
nos has redimido:
Sálvanos y ayúdanos, humildemente te suplicamos, oh
Señor.
Oremos (silencio)
Te damos gracias, Padre celestial, porque nos has librado
del dominio del pecado y de la muerte y nos has traído
al reino de tu Hijo, te rogamos que así como por su
muerte nos has devuelto la vida, por su amor nos exaltes
a los gozos eternos, quien vive y reina contigo, en
la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y
por siempre. Amén.
Perdona a tu pueblo
Perdona a tu pueblo, Señor,
perdona a tu pueblo, perdónale, Señor.
1. No estés eternamente enojado, no estés eternamente
enojado, perdónale, Señor.
2. Por tus profundas llagas crueles, por tus espinas
y por tus hieles, perdónale, Señor.
3. Por las heridas de pies y manos, por los azotes tan
inhumanos, perdónale, Señor.
4. Por los tres clavos que te clavaron, y las espinas
que te punzaron, perdónale, Señor.
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