El tiempo
pascual tiene su antecedente en el período de tiempo que
transcurría de la pascua judía a la fiesta de las Siete
Semanas o Pentecostés, mencionado en el Levítico (23,
15-16). Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección
al de Pentecostés marcan el tiempo pascual. Este es un
tiempo de alegría y exultación. En realidad es una extensión
de la Pascua. Según san Atanasio todo este tiempo es como
"un gran domingo".
Los ocho días siguientes a la Pascua se equiparan a las
solemnidades del Señor. En el siglo IV se introdujo la
fiesta de la Ascensión a los cuarenta días de la Pascua,
y Pentecostés se convirtió en la solemnidad de la venida
del Espíritu Santo. Posteriormente, los domingos del tiempo
pascual apenas tenían relevancia; la unidad originaria
de la cincuentena se había perdido. La reforma litúrgica
moderna, ha recobrado la unidad y coherencia de todo este
período pascual.
Estrechamente relacionada con los grandes misterios, tenemos
la festividad de la Santísima Trinidad, que se celebraba
el primer domingo después de Pentecostés, como colofón
del misterio trinitario (Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).
La devoción a este misterio se inició en la Edad Media.
Se introdujo en el calendario romano en l334, y alcanzó
gran difusión a través del misal promulgado por Pío V
en 1570.
Durante el tiempo pascual, incluido el día de Pentecostés,
se leen los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura.
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