La cruz era el leño del suplicio en el
que los romanos colgaban a los condenados con cuerdas
o con clavos para dejarlos morir en él. La cruz tenía
la forma de una T de la cual ascendía a veces una barra
vertical. Sabemos que Jesús fue clavado en la cruz (Lc
24,39; Jn 20, 25-27), pero ignoramos cómo era exactamente
la forma de la cruz en la que murió. Durante trescientos
años los cristianos no celebraron ninguna ceremonia relacionada
con la cruz. Para ellos el acontecimiento fundamental
era la Pascua cristiana, una fiesta que comprendía la
muerte y resurrección de Jesús.
El año 326 Elena, la madre de Constantino, decide irse
a Palestina en búsqueda del sepulcro de Jesús. La acompaña
Eusebio, obispo de Cesarea, que describe todo el viaje
y la tumba que encontraron y creyeron era la de Cristo.
Eusebio no menciona que Elena encontrara la cruz de Cristo,
porque para Eusebio, como para el resto de los cristianos,
la cruz no era más que un instrumento de vergüenza, lo
que verdaderamente contaba era la Resurrección. Sin embargo,
cincuenta años más tarde del viaje realizado por Elena,
San Ambrosio de Milán (340-397) empezó a difundir la idea
de que Elena había hallado la auténtica cruz sobre la
que murió Cristo.
Hacia el año 384, una monja hispana que viajó a Palestina
describe en La peregrinación de Egeria -un informe
dirigido a sus hermanas de religión- cómo ya en ese año,
el Viernes Santo, se veneraba un trozo de la madera que
se consideraba de la verdadera cruz sobre la que murió
Jesús. Trozos de lo que se consideraba la auténtica cruz
de Cristo empezaron a multiplicarse por todas partes.
En el siglo VII se llevaron reliquias de la cruz a Roma
y se inició el servicio del Viernes Santo.
Sin embargo, incluso durante esas fechas, se ha de notar
que ningún trozo, ni las primeras cruces creadas, contenían
imagen alguna de Cristo crucificado. De hecho, en las
dos últimas semanas de Cuaresma, se empezó a cubrir las
cruces porque algunas estaban decoradas con alhajas. Se
descubrían de nuevo en el servicio solemne de Viernes
Santo. La historia demuestra que la antigua costumbre
se centraba en venerar una reliquia de la cruz, y no al
Cristo.
Sin embargo, con el correr de los años, en Occidente la
imagen de Cristo crucificado empezó a colocarse en las
cruces, dando lugar a lo que hoy llamamos crucifijo. Hacia
el siglo XIII se generalizó la costumbre de colocar un
crucifijo sobre los altares. Después del Concilio Vaticano
II, el crucifijo ya no aparece en los altares sino elevado,
colgado sobre el altar, o en la pared detrás del altar.
La devoción medieval y, sobre todo, la desbordante exuberancia
barroca de los siglos XVII y XVIII empiezan a crear en
el arte y en la teología unos crucifijos con la imagen
de unos cristos en posiciones y expresiones contorsionadas,
angustiosas, dramáticas, y llenas de patetismo.
La predicación inculcó en los fieles un amor desproporcionado
al Cristo sufriente con detrimento de la alegría de la
Resurrección. Este hecho se ha intentado corregir durante
en Concilio Vaticano II, pero no era fácil. Los cristianos
están tan acostumbrados a las imágenes sangrantes y doloridas
de Cristo que no pueden aceptar, presidiendo el altar,
una imagen de un Cristo glorioso. Así, los hispanos se
cargan de crucifijos y, en no pocas ocasiones, aconsejan
al cura la conveniencia de colorar un Crucifijo grande
y dolorido en la pared frontal de la iglesia. No cabe
duda que muchos hispanos, por todo lo que han padecido
a lo largo de la historia, se pueden identificar más fácilmente
con un crucifijo doliente que con una imagen gloriosa.
Esto explica que los hispanos asistan en mayor número
a los actos del Viernes Santo que a la Vigilia Pascual
o al Domingo de Resurrección.
Volver |