El año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento.
En los antiguos sacramentarios romanos el año se iniciaba con la Navidad del
Señor. En la liturgia bizantina empieza, el 8 de septiembre con la fiesta de
la Natividad de María.
Los primeros vestigios de un tiempo de adviento los encontramos en España y
en Galia. En el sínodo de Zaragoza (380) se recuerda a los fieles la obligación
de ir diariamente a la iglesia, del 17 de diciembre al 6 de enero. En Galia
el Adviento adquirió un carácter penitencial semejante al de Cuaresma, con el
uso del color púrpura, y suprimiendo el Gloria y las Aleluyas
en las eucaristías. El acento se había colocado no en la llegada del Mesías,
sino en la parusía, con el juicio final como clausura de los tiempos. Esta teología
dio origen al Dies Irae, que se escribió originalmente para el domingo
precedente al Adviento. En Roma, gracias al papa Gregorio Magno, prevalece la
conmemoración de la venida, en lugar del tema apocalíptico, con cuatro domingos
precediendo a la Navidad. En el siglo VII, la composición de las "antífonas
Oh" realza la preparación para la solemnidad de la natividad. Esas antífonas
son una bellísima recreación poética de los títulos mesiánicos de Cristo y se
recitan en las vísperas. A partir de los siglos VIII y IX, los sacramentarios
dan testimonio de los cuatro domingos precedentes a la Navidad. El Adviento
de seis semanas, típico en España y Galia, quedaba reducido a dos semanas. La
época tenía ambiente festivo, se usaban vestimentas blancas y se cantaba el
Gloria. Sin embargo, bajo la influencia del misal de Bobbio (famoso en
el siglo VII por el monasterio del mismo nombre al norte de Italia), que acentuaba
el carácter escatológico de la segunda venida, y del carácter penitencial de
la liturgia galicana, se suprimieron el Gloria y las Aleluyas
de la eucaristía. Roma lo hizo en el siglo XII. (Tomado de: Introducción
al Culto, La liturgia como obra del pueblo, de Isaías A. Rrodríguez, Abingdon
Press, 2005).
Casi paralelo al año civil, los cristianos viven otro con estaciones y fiestas
que no solamente recuerdan sino que nos invitan a vivir el misterio salvífico
de Dios. Son, por tanto, un encuentro singular entre Dios, que salva, y la asamblea
reunida en su nombre. Dios actúa siempre de manera nueva, inédita, sorprendente.
Por otro lado, nosotros acudimos a esa cita divina con necesidades, disposiciones
y profunda esperanza de lograr esa salvación.