¿Cuál es el mayor error que nuestros países
Latinoamericanos han cometido?
La historia de la humanidad ha sido
una constante lucha de supervivencia y atropellos.
Todos los datos históricos nos demuestran que
unos pueblos conquistaron a otros para absorberlos en
un insaciable egoísmo de dominio.
Este principio se cumplió en todos los continentes
de este planeta. A medida que el ser humano contempla
la película del pasado no puede menos de quedar
horrorizado ante tanta barbarie. Pero, tampoco, podemos
mantenernos en un estado de lamento y lágrima,
sino que hemos de poner el remedio para que el pasado
no se repita.
Los pobladores de este continente americano no corrieron
mejor suerte que los de otros. De tiempo inmemorable
sabemos que, provenientes, de lo que hoy es Asia, unos
pueblos se impusieron a otros por la fuerza de su energía
cultural. Luego vinieron los europeos y multiplicaron
los males. En el siglo diecinueve, finalmente, nacieron
las nuevas naciones americanas. Nacieron con grandes
esperanzas de crecimiento, de autosuficiencia, de progreso,
de afianzamiento. ¡Grandes sueños los embargaban!
Mas he aquí, que el cancerígeno mal de
la corrupción vino a establecerse de forma estable
para mantener en la miseria a países que, por
otra parte, abundaban en riqueza.
¿Cómo es posible que países
con incalculables recursos naturales: minerales y agrarios;
fauna y flora, no hayan progresado al ritmo de otras
naciones? Y es que la corrupción de las elites
gobernantes sofocó todas las esperanzas de grandeza
que estas naciones abrigaban al independizarse de los
opresores. Para ello contaron con el medio más
eficaz: mantener al pueblo analfabeto. Así podrían
controlarlo mejor. Este fue un error de proporciones
astronómicas. Imaginémonos que esas familias
hubieran usado una estrategia diferente y se hubieran
preocupado de dar la mejor educación posible
al pueblo, y contaran con una sociedad tan instruida,
digamos, como la japonesa. ¿Cuál hubiera sido
el resultado? Japón, con un subsuelo rocoso y
pobre, es una potencia mundial. Pero su mayor valor
es una población altamente instruida con grados
universitarios. Una población así hubiera
hecho del continente americano, el más poderoso
del mundo. En una población científicamente
culta, todo el mundo se beneficia, el rico y
el pobre.
Sería de desear que los gobernantes de los
países latinoamericanos despertaran e invirtieran
grandes sumas en la preparación tecnológica
del pueblo. El cambio socioeconómico vendría
rápidamente. Las gentes no tendrían que
emigrar a otros países a enriquecer a otros;
quedándose en sus tierras, su coeficiente intelectual
enriquecería a los ciudadanos de esa nación.
Isaías A. Rodríguez
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