por Ray García
¿Qué significa la palabra "parábola" y por qué
Jesús la usaba tanto?
Jesús pasó toda su vida
pública predicando. Los evangelistas no nos han
transmitido ningún discurso de Jesús,
ni sermones de larga duración. Los discursos
más largos del evangelio de San Juan, se cree
que son composiciones del autor. Jesús no enseñaba
con discursos largos. Lo más común en
la predicación de Jesús eran las parábolas;
éstas son composiciones literarias sencillas,
conmovedoras y de gran belleza. El término "parábola"
provine de la lengua griega e implica en su contenido
la idea de comparación.
El pueblo de Israel, guiado e inspirado
por Dios, se encuentra ante la difícil misión
de hacer asequible a la gente sencilla la realidad transcendente
y sublime de Dios, que no admitía representación
sensible. Era forzoso recurrir constantemente a hechos
de la vida diaria y normal, para poder dar a entender
algo de Dios. Este procedimiento lo usamos todos de
una manera evidente cuando a un niño queremos
explicarle una doctrina que no está al alcance
de su cabecita. La Biblia está llena de parábolas
que nosotros mismos hemos aceptado, a veces al pie de
la letra. Signo era del estado infantil en que todavía
nos encontrábamos en ese momento. Hoy podemos
entresacar, con un poco más de lucidez, el mensaje
oculto en esas bellas comparaciones, como en las parábola
del Buen Samaritano (Lc 10,30-37), el administrado infiel
(Lc 16,1-8) y otras más.
Encontramos parábolas en todos
los libros de la Biblia. La enseñanza parabólica
se convierte en un verdadero método pedagógico.
Y a medida que la historia va dejando huellas de pasado,
se recuerdan acontecimientos ya idos, para aplicarlos
como ejemplo al momento presente.
Vemos cómo hay fórmulas
ya consagradas que Jesús mismo usa en múltiples
ocasiones: "¿A qué se parece esto?"
"¿Con qué compararé"? (Mt 4,30;
Lc13,18). Y vemos que las comparaciones que Jesús
establece son las ya usadas por los profetas del Antiguo
Testamento, realidades concretas de la vida cotidiana:
el pastor, el matrimonio, la viña, el rey, el
festín, la siembra, etc. Si hoy viniera Jesús
se vería obligado a usar otras comparaciones
tomadas de la realidad que nos rodea.
El estilo parabólico es el más
común en Jesús. Cuenta historias sencillas,
de frases cortas y fáciles de recordar, y siempre
con un mensaje inusitado, que llama la atención
de los oyentes. Así pues, el estilo de Jesús
es escueto, sentencioso; raramente pronuncia discursos
largos.
En las parábolas de Jesús,
hacia la mitad de la narración, suele introducir
un elemento inesperado y sorpresivo que confunde al
oyente y lo desconcierta con dudas. El ejemplo más
claro sería el de la parábola del Buen
Samaritano. A ningún judío se le hubiera
podido ocurrir que Jesús iba a colocar como héroe
de su historia a un samaritano. Judíos y samaritanos
se odiaban, ¿cómo un samaritano podía
ser el que se portara mejor y ayudara a la persona medio
muerta? Imposible. Y sin embargo eso es lo que hace
Jesús en las parábolas, confunde al oyente
para que piense, reflexione y llegue a descubrir que
los caminos de Dios no son los comunes de los seres
humanos.
Además, muchas parábolas
carecen de conclusión. Jesús espera que
sea el oyente quien llegue a una conclusión apropiada.
Así que, incluso hoy, después de dos mil
años de estudio e interpretación, no se
sabe a ciencia cierta lo que Jesús quiso decir
en algunas parábolas. Pueden tener varias conclusiones,
pueden conducir a varias interpretaciones. No es, pues,
extraño que los discípulos suplicaran
a Jesús que les explicara las parábolas.
(Mt 15,15).
Jesús esperaba del oyente antiguo
como del moderno un esfuerzo interpretativo. ¿Qué
nos quiere decir Jesús en cada historia? La verdad
es que, si indagamos con profundidad, siempre aparece
a nuestra ayuda la misericordia divina. Ese es el último
objetivo de todas las parábolas.