por Isaías A. Rodríguez
Jesús entre los doctores,
Alberto Durero (1471 - 1528)
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Hace dos mil años vivió un judío en Palestina. Nació
en Nazaret. Le llamaban "el nazareno". Se llamaba Jesús.
Su madre María y su padre José. Jesús nació como nacen
todos los niños, y creció como todos, jugando y estudiando.
Y aprendió mucho y deprisa. Pronto se puso a enseñar
a todos, a niños y a mayores, a sencillos y a doctores.
Y todos se quedaban maravillados. ¿Quién es éste?, se
decían.
Dios estaba con Jesús y juntos empezaron a obrar portentos.
Los sordos oían, los ciegos veían, los cojos andaban
y los muertos se despertaban de nuevo a la vida. Todos
mejoraban, a una palabra o a un gesto de Jesús. Y todos
se quedaban maravillados. ¿Quién es éste?, se decían.
Jesús era pobre, era sencillo, y las gentes lo querían.
Unos pescadores lo siguieron, admirados, sin comprenderlo,
por todo lo que hacía. Jesús quería a todos, a los buenos
y a los malos, a los ricos y a los pobres, y con todos
charlaba. Amaba a los pecadores con locura, comía con
ellos, se divertía con ellos y les indicaba un camino
más rápido y seguro hacia la felicidad. Y los más píos
se extrañaban y preguntaban, ¿quién es éste que incluso
come con pecadores?
Las gentes seguían a Jesús y se agolpaban en torno
suyo, como si de él recibieran calor, vida, alimento.
Y concluían, "todo lo hace bien y además tiene palabras
de vida eterna". ¡Qué bien se está a su lado!.
Y surgieron enemigos en la clase dirigente. Unos judíos
y otros romanos. Y se llenaron de envidia y de miedo.
Se dice que tenían miedo a perder el poder… Y empezaron
a maquinar contra él. Y lo pusieron a prueba muchas
veces con preguntas difíciles. Pero nada, Jesús lo sabía
todo. Y se inflaban de rabia. Porque cada día Jesús
ganaba más adeptos. Mas Jesús no se burlaba de dirigentes
ni judíos ni romanos; antes bien, los quería igualmente
para su redil, no el humano sino el del cielo. En una
palabra, quería que todos entraran por el camino de
la auténtica verdad.
Y las cosas empezaron a desquiciarse. Y los dirigentes
tramaron lo peor. Lo prendieron, fraguaron mentiras
y decidieron matarlo. Le dieron una muerte reservada
para facinerosos, criminales y rebeldes. ¡Muerte de
cruz! ¡Ningún romano podría morir así!
Luego, sucedió algo extraño. Todos tuvieron miedo.
Se les abrieron los ojos y vieron su pecado. Y se reconocieron
culpables. La culpabilidad habitó en todos los corazones.
Y no sabían qué hacer. Entonces… Jesús decidió volver.
Regresó de una manera muy extraña. De una manera que
todavía hoy no comprendemos. Porque según todas las
apariencias Jesús estaba muerto, mas seguía viviendo.
Vivía de otra forma, de otra... Quienes dan testimonio
de esto, dicen que vino con un poder inusitado.
Y se formaron dos grupos. El de los creyentes y el
de los incrédulos. Estos concluyeron: "es una farsa".
Aquellos afirmaron categóricamente: "Jesús era hombre
y ahora es Dios".
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