Evidentemente, Jesús nunca usó la palabra sacramento.
Este término es fruto de una reflexión teológica posterior.
Así, podríamos preguntarnos ¿qué actitud adoptó Jesús
con relación al matrimonio?
Probablemente Jesús siguiera
las costumbres judías de aquel tiempo, según las cuales,
la ceremonia matrimonial no implicaba un acto religioso
específico, sino unas promesas, un contrato escrito, y
finalmente la bendición de la copa de vino. El Evangelio
de Juan nos cuenta que Jesús y sus discípulos asistieron
a una boda en Caná de Galilea. Debía de tratarse de amigos
de Jesús, porque María, la madre de Jesús, ya estaba en
la casa cuando llegaron Jesús y sus discípulos. Tal vez
asistió más gente de la invitada, porque en medio de la
fiesta se les acabó el vino. Un bochorno para una familia
en la cultura mediterránea. Sin embargo, María, con tacto
de mujer, se da cuenta del problema y le pide a su hijo
que haga algo. Después de resistirse un tanto, Jesús,
obra el milagro de convertir seis tinajas de agua en vino.
Y resultó ser el mejor vino (Jn 2,1-11). La tradición
eclesial ha visto en este pasaje la posibilidad de que
Jesús instituyera el matrimonio como sacramento. Ciertamente,
con su presencia Jesús honró la institución matrimonial.
Los teólogos se encontraron con la dificultad de que el
matrimonio, al parecer, fue instituido por Dios siglos
antes de que Jesús viniera a visitarnos. Los testimonios
aparecen en el libro del Génesis: "Dios creó al ser humano
a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra
los creó" (Gn 1,27). Y "por eso deja el hombre a su padre
y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola
carne" (Gn 2,24). Comoquiera que sea, sin duda alguna
Jesús acentuó la enseñanza genesíaca y la fortaleció (Mt
19, 1-9).
San Pablo en la carta a los Efesios reflexiona
sobre la moral matrimonial. Algunos ven en este pasaje
una actitud peyorativa de Pablo hacia la mujer. Leyendo
atentamente su enseñanza no hay tal, pues afirma: "Sed
sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo" (Ef
5,21). Las mujeres deben estar sumisas a los maridos como
la Iglesia lo está a Cristo, y los maridos deben someterse
a sus mujeres como Cristo se sometió a la Iglesia hasta
el sufrimiento de muerte en la cruz. Y todo por amor.
Y Pablo reflexiona: "Gran misterio es éste, lo digo respecto
a Cristo y su Iglesia" (Ef 5,32).
Ni el Génesis, ni Jesús,
ni Pablo, vieron el matrimonio como una carga, sino como
un don misterioso divino, en el cual dos seres humanos
-macho y hembra- se unen en corazón, cuerpo y mente, para
gozo mutuo, para ayuda y consuelo -tanto en la adversidad
como en la prosperidad- y para la procreación de los hijos,
si es la voluntad de Dios.
En el pasado la institución
matrimonial se consideró algo difícil de sobrellevar,
ya que se mantenía que el fin primario de la misma era
la procreación. Hoy, con una perspectiva más amplia del
toda la enseñanza bíblica (Gn.1,31) y teológica, se ha
concluido que matrimonio debe ser una institución de gozo,
amor y gracia divinas. En este sentido, la presencia de
Jesús en la boda de Caná no hizo más que afirmar el aspecto
positivo y bello del matrimonio al poner a todos contentos
con la abundancia de vino.