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por Ray García
Biblia Ilistrada de Moreau,
Francia (1808)
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Una de las actividades más típicas de Jesús, narrada
en los evangelios, era la "comensalidad". A Jesús le
gustaba comer con buenos y malos, con justos y pecadores,
y compartir con ellos palabras divinas. Luego, bendecía
el pan y el vino. Entre los judíos abundaban las bendiciones
en las comidas familiares, y en particular sobre el
pan y el vino. Eran bendiciones de alabanza y de acción
de gracias a Dios por los alimentos que ha dado a la
humanidad. Para los judíos estas comidas, junto a las
reuniones sinagogales, proclamaban y representaban la
identidad de Israel como pueblo escogido de Dios.
En la primera multiplicación de los panes, Jesús pronuncia
una bendición (Mt 14,19) y una acción de gracias (eucaristía)
(Jn 6,11). En la segunda multiplicación, Mateo 15,36
menciona una acción de gracias, y Marcos 8,6s habla
de una acción de gracias sobre el pan y de una bendición
sobre los peces. Jesús está actuando según la genuina
costumbre judía.
Los primeros cristianos siguieron esta tradición, ahora
centrada en la muerte y resurrección de Jesús, y celebrada
especialmente el día después del sábado, es decir, el
domingo, o día del Señor. Todos los escritos cristianos
de los dos primeros siglos hacen referencia constante
a esta costumbre comunal y eucarística (de acción de
gracias) - según la palabra griega -, término que vendría
a suplantar la expresión de "cena del Señor", como expresión
común de las comidas cristianas.
Aunque no se puede asegurar con evidencia, se mantiene
que Jesús instituyó definitivamente este rito como sacramento
en la última cena. "Y mientras estaba comiendo, tomó
pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: ´Tomad,
éste es mi cuerpo´. Tomó luego la copa y, dadas las
gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les
dijo: ´Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada
por muchos´" (Mc 14,22-24). Otros testimonios los encontramos
en Mateo (Mt 26,26-29), en Lucas (Lc 22,14-22) y en
la primera Carta de san Pablo a los de Corinto (1Cor
11,23-26).
Parece congruente que, si la costumbre "eucarística"
-de acción de gracias- tenía unas raíces judías, si
además fue consolidada por Jesús como una comensalidad
de amor, era natural que sus seguidores continuaran
ahora un rito al que Jesús había dado nuevas dimensiones
con su vida, muerte y resurrección.
A pesar de los testimonios bíblicos, algunas cuestiones
que no se pueden dilucidar con evidencia son la regularidad
de la celebración eucarística -si todos los días de
la semana (Hch 2,46) o sólo el Día del Señor-, y quién
presidía en las mismas. Con todo, no se puede dudar
que la eucaristía era el alma y vida de la Iglesia primitiva.
Si los primeros cristianos daban tanta importancia a
la celebración eucarística es porque Jesús mismo así
lo practicó y estableció con firmeza. Se trata en definitiva
de una reunión de fieles, unidos para celebrar el acto
de amor sin par originado por Jesús.
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