¿Se pueden tomar al pie de la letra las narraciones
bíblicas? ¿Cómo debemos entenderlas?
¿Cómo podemos seguir leyendo la Biblia ante
tanta confusión?
El profeta Zacarías, Miguel Angel, Capilla
Sixtina
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No debe existir confusión sino buen entendimiento.
Si observamos la vida ordinaria, tendremos que seguir
unos criterios de credibilidad si no queremos trastornarnos.
¿Hasta qué punto debemos creer lo que
otros nos dicen o cuentan, cuando, después de
juzgar con nuestros propios sentidos, comprobamos que
los hechos no son tal como nos los narraron? ¿Nos
engañaron? No. Lo que sucede es que cada persona
pone al relato algo de su propia cosecha. Se añade
sin malicia, inconscientemente.
Dos niños juegan en la calle. Son amigos. De
pronto discuten. Las mamás están presentes.
Lo ven. Lo oyen. Al principio no le dan importancia.
Hasta que los niños rompen algo. Entonces viene
la interpretación de las madres: Una de ellas,
"qué niño tan travieso tienes, no
puede parar." La otra, "si fue el tuyo el
que empezó". Así seguirán
discutiendo sin ponerse de acuerdo, cegadas por su amor
maternal. Por suerte, cerca del pequeño altercado
había un reportero que, con su tomavistas, filmó
el hecho y al día siguiente nos lo narra con
precisión en la prensa.
¿Qué ha sucedido? El mismo hecho y distinta
interpretación. El periodista, fiel a la realidad,
describe lo que ha visto sin pasión. Las mamás,
muy a pesar de ellas mismas, no son fieles a la realidad.
Este ejemplo nos ilustra un poco la doctrina sobre géneros
literarios. Se entiende por género literario
la manera con que un escritor usa el lenguaje para contar
un hecho. No es el mismo lenguaje el empleado en historia,
en una novela, en un código civil, en una poesía,
en una obra teatral, etc. Más todavía,
el lenguaje está sujeto a modificaciones temporales
y ambientales. No usamos lo mismo nuestro lenguaje hoy
que hace treinta, sesenta o noventa años. Con
una palabra podemos expresar lo que antes se decía
con toda una alocución. Más aún,
sin ir tan lejos, sabemos cómo usando la misma
lengua castellana el mismo término tiene distintos
significados para diversos pueblos latinoamericanos.
Si así están las cosas, ¿qué
no sucederá con el Antiguo y Nuevo Testamentos,
que se escribieron entre dos y tres mil años
atrás?
No todos los libros de la Biblia se pueden leer y entender
de la misma manera. Hay libros históricos, libros
legislativos, libros poéticos, libros sapienciales.
Por leerlos todos con el mismo criterio se han cometido
muchos errores. Por ejemplo, el libro de Job, no es
histórico, sino sapiencial. En él se nos
transmite una lección para la vida. Tampoco es
histórica la parábola del hijo pródigo;
no obstante ¿quién no ha sido alguna vez
pródigo? También se cometió equivocación
al leer los primeros capítulos del Génesis
con criterio histórico. La narración de
la creación, es un poema maravilloso cuyo fondo
es la exaltación de la acción creadora
de Dios. La narración de Adán y Eva tampoco
debe ser tomada al pie de la letra. Es una forma encantadora
y sencilla de hacernos ver cómo la humanidad
procede de Dios, y cómo esta humanidad pecó,
ya desde el principio.
Los números y las fechas son casi siempre simbólicos
en la Biblia. Los escritores se sirven de una figura
retórica llamada hipérbole, con la cual
exageran el número, para exaltar la grandeza
divina. Así, por ejemplo, es más fácil
atribuir a la intervención divina la victoria
obtenida por el pueblo de Israel, sobre los enemigos,
si éstos eran cien mil y los israelitas sólo
doscientos. Se ve claro que fue mano de Dios, pero no
literalmente. Al expresarse así los escritores
no están mintiendo, sino agradeciendo a Dios
la victoria obtenida.
Sirvan estos pocos ejemplos para comprender que cada
vez que leamos la Biblia debemos formularnos esta pregunta:
¿Qué mensaje nos quiere transmitir aquí
el autor? Si nos hacemos esa pregunta, nos forzaremos
a reflexionar más y encontrar la voluntad de
Dios reflejada en la Escritura.
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