En este artículo no pretendemos
hacer una descripción detallada de lo que implica el espíritu
anglicano, sino encontrar una solución a un problema que
algunos tienen planteado, a saber ¿cómo permanecer latino
dentro del Anglicanismo? Recuerdo que en cierta ocasión
un amigo argentino me decía que él no podría ser nunca
anglicano porque los ingleses les habían arrebatado las
islas Malvinas. Mi buen amigo no sabía que el espíritu
anglicano no tiene nada que ver con la política británica.
El espíritu anglicano, antes bien, presenta un trasfondo
religioso cristiano que se acerca más al modo de actuar
manifestado por Jesucristo en los evangelios que a las
erróneas creencias surgidas durante el medievo.
En pocas palabras, el espíritu anglicano manifiesta una
manera de ser acogedora, flexible, comprensiva, moderada,
razonable, respetuosa, democrática. La Iglesia Anglicana
se fundamenta en unos pilares esenciales: la Biblia, los
credos, la tradición y la razón, el episcopado histórico,
los ritos sacramentales, amor a la liturgia y fidelidad
al Libro de Oración Común, que es la síntesis
litúrgica y teológica del espíritu anglicano. Dentro de
este marco descriptivo caben infinidad de manifestaciones
religiosas anglicanas.
Sin embargo, algunos latinos que entran en la Iglesia
Episcopal (es decir en la Comunión Anglicana) se parecen
a esas personas latinas que, por miedo a los oficiales
de emigración, se tiñen de rubio el pelo y se colocan
lentillas verdes para camuflarse entre la muchedumbre
y pasar inadvertidos. Algo similar sucedió en los inicios
del ministerio hispano episcopal en Estados Unidos; se
pensó que para ser buenos "episcopales - anglicanos" había
que duplicar en español los materiales escritos en inglés.
Se tradujeron literalmente libros y folletos que al leerlos
descubren el inglés oculto tras un pobre castellano. Como
dice Louis Weil en su libro A Theology of Worship,
aquellas eran unas "transliteraciones". En 1980 se ofreció
a los episcopales latinos El himnario provisional,
que contenía himnos ingleses traducidos en un lenguaje
arcaico y con una teología trasnochada. Pero había que
aprenderlos porque eso significaba ser "episcopal - anglicano".
Todavía hoy día hay sacerdotes episcopales latinos que
creen que para ser genuinamente episcopales deben imitar
las costumbres de los anglosajones, entre ellas la de
tener servicio los miércoles por la noche, aunque nuestros
feligreses no pueda asistir. Aún no han comprendido bien
que el espíritu anglicano les ofrece una flexibilidad
amplísima para crear un ministerio nuevo que sirva de
una manera eficaz y diferente al pueblo hispano.
Un ejemplo, citado por el jesuita Allan Figueroa Deck
en su artículo Multi-Cultural Church, ilustra maravillosamente
esta cuestión. Nos cuenta cómo en un viaje se encontró
con un constructor de yates en California, y cómo, con
el correr del tiempo, este buen californiano se vio rodeado
en su fábrica de empleados mexicanos que, según él, eran
excelentes trabajadores. Pero todos los años tenía un
problema. Llegado el mes de diciembre le decían que se
marchaban a México durante tres semanas. El dueño les
recordaba el contrato firmado y que no disponían más que
de una o dos se-manas de vacación, según los casos. De
todas formas, los obreros se iban. Al cabo de tres semanas
regresaban y le decían: "estamos de vuelta". Como el dueño
reconocía que eran excelentes trabajadores, los recibía
de nuevo, y todo continuaba igual. Como consecuencia de
ello, el propietario optó por cerrar la fábrica durante
tres semanas en diciembre e irse él mismo también de vacaciones
a México. Vemos en este caso un ejemplo de cultura transformada
pero a la inversa. El propietario no cambió por acomodarlos
sino porque comprendió que "los mexicanos tenían razón
al dar más importancia a la familia que al trabajo".
Más de una congregación latina que crece al abrigo de
otra más pudiente de habla inglesa tendrá que lidiar con
este problema con más frecuencia de la que hubiera deseado.
"¿Por qué los hispanos no participan el miércoles en las
actividades programadas? ¿Por qué no vienen a los servicios
de inglés? ¿Por qué?" No hay que doblegarse. Hay que demostrar
que la cultura latina tiene sus propios valores y una
peculiar manera de obrar. Es hora de que los anglosajones
observen y aprendan nuestro modo de obrar.
Por otra parte, muy pocos latinos se pueden permitir el
lujo de pertenecer a la clase media alta elevada, con
varios coches aparcados en garajes de casas grandes, con
toda clase de electrodomésticos que resuelven todas las
necesidades, e incluso niñeras y sirvientes para la limpieza.
En esas circunstancias el acudir a la iglesia es una distracción
y un pasatiempo social.
Los hispanos tenemos que poner al servicio de nuestra
Iglesia toda la crea-tividad de que seamos capaces. No
podré olvidar una fecha grabada en mi memoria: el 13 de
mayo de 2002 cuando, con ocasión de la reunión nacional
del ministerio hispano: "Nuevo Amanecer", celebrada en
Los Ángeles, el preboste Ernesto Medina nos festejó con
una eucaristía innovadora y espiritualmente enriquecedora.
Ese debe ser el camino que debemos tomar.
Otro ejemplo, el Libro de Oración Común
no exige fidelidad a pies juntillas. Su genio, entre otras
cosas, consiste en la flexibilidad. En la página 305,
en el apartado Oraciones de los fieles se
dice que "se puede usar cualquiera de las seis fórmulas"
pero la auténtica intención de los liturgistas y autores
del Libro es que se puedan crear oraciones y fórmulas
nuevas que reflejen el momento actual que la sociedad
está viviendo.
Fieles al espíritu anglicano, descrito en el segundo párrafo
de este artículo, debemos ser creadores, fieles a una
cultura que llevamos en la sangre y que ahora se desenvuelve
en un ambiente nuevo. En definitiva, no se trata de adaptación
por ninguna de las dos partes, sino de "inculturación".
¡No apaguemos ni la llama ni el genio que llevamos dentro!